Esto opino

Pachito, muchas gracias por tu vida

Por Álvaro Cárcamo Camargo

Sentir con sinceridad el dolor de los demás solo se ve en seres humanos especiales dotados de una gran sensibilidad y un inconmensurable amor por el prójimo; en personas escogidas por Dios para continuar su obra de misericordia en la tierra. Y uno de los pocos elegidos por su grandeza espiritual y su desprendimiento material fue el padre Efraín Aldana, Pachito, como cariñosamente le llamábamos. Acercarse y hablar con él era una experiencia de sabiduría y amor, pues estaba dotado de una inteligencia crítica e inconforme con las graves injusticias que a diario le tocaba percibir en comunidades pobres como Petare, Loma Fresca, República del Caribe y Primero de Mayo, entre otras. Ese era -principalmente – su territorio de evangelización, una evangelización plagada de acciones para mitigar el hambre y la miseria por faltas de oportunidades y exclusión. Y fue -además – un incansable defensor de los Derechos Humanos y de la Cultura Caribe: uno de sus constantes sueños, plagado, como otros, de grandes logros.

En varias ocasiones lo acompañé en su peregrinar de amor desde su amada iglesia de Santa Rita hasta las unidades educativas que apoyaba en estos sectores deprimidos. Todo el mundo lo respetaba y admiraba, muy a pesar de que era una zona definida como peligrosa. El padre Pachito era amado por su comunidad. Cargaba en su delgada figura un costal de amor para repartirlo sin que jamás se agotara. Luchaba cuan Quijote contra el flagelo vergonzoso de la ignorancia y el hambre. Prodigaba un amor especial a los niños y ancianos. Su cuerpo frágil nunca mostró fatiga para realizar las duras tareas que a diario cumplía en un terreno escarpado y de difícil transito. Siempre admiré su coherencia, su sabiduría, su humildad y el amor que brotaba de su corazón, puesto siempre al servicio de los más desposeídos.

Trabajé a su lado durante muchos años, hasta cuando la enfermedad logró menguar su energía. Muchas veces visitamos sectores de su parroquia Santa Rita, donde brindaba apoyo espiritual, social y muy especialmente en lo relacionado con la Educación, la Salud, la promoción del autocuidado y la medicina natural.

Se nos fue un verdadero apóstol; un ser humano único e irreemplazable que dejó una profunda huella en mi corazón y en mi espíritu.

Jamás podré olvidar, por ejemplo, que con su apoyo fundamos en su iglesia el Club de Hipertensos Santa Rita, un club que creció tanto que, cuando ya no cabíamos en el lugar, y preocupado por ello, le manifesté a Pachito que ya no podíamos aceptar más inscripciones de adultos mayores. Pachito me quedó mirando y, muy tranquilo, me respondió: “Doctor Cárcamo, no se preocupe; siga con las inscripciones que ese problema yo lo soluciono“. Quince días después, cuando llegué como de costumbre a la reunión del Club, ¡oh, sorpresa!: había construido en el patio de la iglesia un hermoso salón para ochenta personas. Quedé gratamente sorprendido y más aún cuando nos entregó las llaves del salón y me dijo: “es de ustedes, sin la presencia y actividad de este grupo no hubiese encontrado padrinos para esta obra“. Pachito, Dios te colmará de bendiciones por esa vida ejemplar puesta al servicio de los más pobres de Cartagena.

Pachito, muchas gracias por tu vida.

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