Esto opino

El nefasto círculo de la negación

A pesar de las limitaciones que impone el confinamiento, en diferentes sectores se viene debatiendo la difícil situación económica y social de Cartagena, al tiempo que se plantean opciones para superar falencias históricas, y para atenuar las graves consecuencias que nos deja la pandemia.

Foros y conversatorios, convocados por diferentes organizaciones, han coincidido con el recientemente aprobado Fondo Cartagena 500 años, destinado para superar la miseria de la ciudad en los próximos 13 años, y con la  declaración del ‘SOS por Cartagena’, por parte del alcalde y de la sociedad civil, que incluye la petición al Gobierno Nacional de crear otro fondo que sería destinado a canalizar mayores transferencias para la población vulnerable, el salvamento empresarial, la reactivación económica y la aceleración de la inversión pública en el sector turístico.

Tanto las decisiones como las discusiones tienen en común componentes que podrían ilustrar las causas por las cuales nos cuesta tanto superar sus adversidades: una dosis de buena voluntad de quienes promueven las iniciativas, pero en las que asoman, o se presumen, eventuales intereses particulares, y paralelamente, los sesgos ideológicos que matizan los análisis, conllevando a descalificaciones sobre quienes deben liderar las soluciones.

Ello explica por qué mientras unos celebran la aprobación del fondo contra la miseria, otros lo consideran como un intento de despojo de recursos a la ciudad para ponerlos, con otros recursos públicos, al servicio de intereses exclusivamente privados; o que en un evento y a través de comentarios en redes sociales se cuestione la validez de otro debate similar, bajo el argumento de que quienes intervinieron en él carecerían de legitimidad.

En uno de los recientes conversatorios a los que asistí, se abordó tangencialmente el tema desde la perspectiva de la ‘cartagenidad’ y uno de sus expositores consideró que el concepto resulta vago, porque para llegar a él hay que definir primero la identidad y en Cartagena aún no sabemos que nos identifica, ni que nos une (una bandera, un himno, una música en particular, o un equipo de fútbol), y yo agregaría: o una causa común.

Se nos hace tan complicado lograr puntos de encuentro, que las llamadas causas sociales, tampoco nos resultan comunes. El nivel de intereses y de aprovechamiento que se ocultan tras nobles propósitos, es tan nocivo como las viscerales prevenciones y descalificaciones que alimentan las oposiciones a cualquier intento de transformación.

Desde la sicología social debería implementarse una especie de terapia de choque que ayude a la comprensión y tolerancia entre quienes desde orillas diferentes trabajan por un futuro diferente para esta ciudad; con ello comenzaríamos a salir del nefasto circulo de negación, de interminables controversias intestinas y de ausencia de soluciones reales a nuestros males.

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