Esto opino

¿Será mejor el silencio?

La vida diaria nos enfrenta a discusiones permanentes, un espacio habitual para ello son las redes sociales, donde es común encontrar puntos de vista disímiles y las más inauditas disputas. No sé en qué momento surgió esa maravillosa necesidad de debatir incluso sobre temas que no son de nuestra experticia e incumbencia. Sin embargo, esa dialéctica invariablemente es y será extraordinaria dada la conquista democrática que supone la libertad de opinión, siempre que se ejerza con respeto, responsabilidad y amor.

Es importante tener en cuenta que la opinión revela la real personalidad y talante, esta muchas veces nos etiqueta o asocia con quienes ostentan la misma línea de pensamiento y al tiempo crea desafíos con contradictores. Pareciera que detrás de las expresiones está la persuasión, es decir, convencer con argumentos y lograr el asentimiento del receptor, aunque aquello pueda ser un atrevimiento, como dijo Saramago: “un intento de colonización del otro”.

Aun así, pienso que lo ideal es que estemos abiertos humildemente al debate, no considerar los criterios como un dogma inamovible y estar dispuestos a desaprender para crecer entendiendo que seguimos en permanente construcción. Bajo esa pauta la controversia será productiva y no avistará perdedores.

En la realidad estamos llenos de sesgos ideológicos e intereses muy aferrados, lo que vuelve problemático o estéril cualquier disputa, esas barreras mentales impiden el advenimiento de la objetividad necesaria y dan paso firme al egoísmo y la prepotencia. El resultado es catastrófico, un vertedero de odios que fecundan la negación de la verdad consensuada e imparcial, por el imperio de la personal.

El país tiene muchos ejemplos, grupos enfrentados con la más absurda polarización, pareciera irreflexiva, autómata, en la que por ningún motivo reconocen un error. La justificación a ultranza de la postura propia y el ataque inmisericorde al contradictor, son la constante que ha logrado el fastidio de muchos, en especial el mío.

¿Acaso vale la pena una discusión? Tal como se plantean las cosas por estos días, no lo creo, es mejor el sigilo ante el irrespeto, intolerancia e incluso discriminación al contradictor. El lenguaje se ha tornado cada vez más belicoso y personal, sobre todo porque es imposible llegar a la aquiescencia; así tengas un argumento plausible, no será reconocido, todo se tornó bizantino.

Siendo esto así, resulta más elocuente el silencio o limitar el escenario de las discusiones, ello evitará que enfermes, entre otras cosas porque hoy se opina mucho e inútilmente, al punto que la verdad ha desaparecido.

Cuánta razón tenía Edgar Allan Poe: “en un caso de cien, un asunto se discute porque es oscuro, en los noventa y nueve restantes es oscuro porque se discute excesivamente”.

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