Esto opino

La fragilidad de la vida

Por Bladimir Basabe Sánchez *

Todo esto acá son puros muertos de covid”, decía el sepulturero antes de echar las últimas paladas de tierra sobre el ataúd donde yacía uno de mis familiares más queridos. Sorpresa mayúscula de todos los dolientes al observar, desde lo más alto de aquella loma, una pendiente con matices propias de un campo de concentración: montículos en espacios que apenas alcanzaban para medio caminar entre ellos, pedazos de icopor con el número de la tumba y sostenidos por palos enclenques, amén de escasas flores que trataban de medio darle vida conocido con el nombre de uno de los evangelistas.

Ante este acontecimiento que impacta la vida de quienes aún contamos con la suerte para contarla, es sumamente preocupante cómo la salud mental se hace trizas de la manera más silente entre los esfuerzos de cada persona sin sucumbir ante el fracaso, la pérdida y la incertidumbre. La realidad actual ha mostrado que el Covid-19 relega otros diagnósticos clínicos a segundo plano, midiéndonos con el mismo rasero. Me pregunto qué pasaría si se certifica que uno de esos cuerpos –o varios – no murió por el virus sino por otra causa. ¿Se quedará en la zona exclusiva, o pasará a una de mejor comodidad?

Que un resultado aún demore hasta 15 días en ser conocido, o apenas enviado al domicilio para los fines pertinentes, va en contravía del aumento en la capacidad de respuesta por parte del sistema de salud. De 24 horas a tres días, como mucho. Incluye, además, una mejor coordinación entre todos los eslabones administrativos y operativos que permiten el servicio de los últimos adioses: “inconcebible que aquí digan una cosa y allá te muestren otra totalmente distinta”. La humanización crea el camino para manejar la desesperación.

Algunas personas tienen la fortuna de poder adaptarse sin mayor problema, y hay otras que batallan más. En palabras de Coon, los peligros de las vicisitudes cotidianas no se limitan a los grandes cambios de la vida, sino además a las molestias ordinarias. Microestresores, en otras palabras. Múltiples reuniones laborales diarias donde se pone a prueba su calidad y eficiencia versus el agotador tiempo de duración, nuevas actividades en los roles parentales, ansiedad por limitación motriz, preocupaciones de origen económico, el no reconocimiento a las normas sociales y de salud pública. Son las mismas 24 horas para todo, y no es nada atractivo hacerle más para no rendir más.

Todo lo anterior es solo una muestra de que el manejo del estrés, como primera medida para un autocontrol consciente de las emociones particulares en cada uno de nosotros, tiene que ser mejor reconocida: un área de bienestar social en las entidades, una red de profesionales en salud mental al servicio de la gente.

Que los tiempos de tratamiento sean más cortos, que la enfermedad no sea valorada como un normal trámite administrativo. Aún desconocemos cómo será un nuevo comienzo en un año calendario más; sin embargo, es claro que la vida es un ratico y que juntos tenemos que caminar de la mano. Comencemos por nuestros seres queridos, familia, y amores. Una fragilidad que podemos convertir en una fortaleza.

  • * Psicólogo especialista en Pedagogía
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