Esto opino

De lo diverso a lo igualitario

Por Laura Barros Vega *

Estos quinces días han sido agitados para la sociedad colombiana. Hemos vivido desde la indignación, espero que colectiva, por una fuerza pública que en vez de defender, ataca y no es judicializada correctamente si no se encuentra en el ojo del huracán; la salida a la luz de la verdad acallada de que en Colombia no nos hemos hecho responsables del cuidado y defensa de la tradición indígena de la cual todos, sin excepción, hacemos parte; el asesinato de líderes y lideresas sociales, entre otros. Cada hecho desde su esfera demuestra que estamos en un país con unos problemas estructurales que hemos querido ir suavizando y solucionando con medidas bastantes ortodoxas, y que atacan los crímenes después de cometidos, como la cadena perpetua, pero que no los previenen.

La gran mayoría de los seres humanos hemos crecido en nuestro discurso con la noción de igualdad, ya sea desde la formación ideológica en política o en la pertenencia de ciertas corrientes religiosas o doctrinas de vida; los discursos televisivos son un poema de cómo todos los ciudadanos, jóvenes, niños y niñas ante la ley o ante cualquier otro ente somos iguales, sujetos de derecho y personas que merecen el mismo respeto. Sin embargo, los primeros que en la práctica deslegitimamos esta retórica de la igualdad somos nosotros. Teniendo en cuenta los hechos narrados anteriormente, y tomando como ejemplo que ha terminado el mes de la diversidad, me cuestiono hasta qué punto esta dicotomía inocentemente utilizada por la celebración LGBTIQ+, donde se exalta la diversidad en un entorno en que en teoría todos somos iguales en derechos sin importar nuestra orientación sexual, termina simplemente prolongando en otros ámbitos el discurso donde todos hacemos parte de una sociedad jerarquizada en la que algunos se sienten con el privilegio de maltratar y violentar sin ningún tipo de juicio o “castigo”.

Opuesto a esto, en las corrientes ‘new age‘ de acompañamiento se está empezando a enraizar la noción de que todos somos seres, y por ende no hay distinción real entre nosotros porque sin importar la orientación sexual, género, estrato socioeconómico, edad o etnia, en esencia somos espíritu. Esto no quiere decir que se desconozca la lucha de muchísimas comunidades para ser visibilizadas y obtener un trato digno; a lo que se refiere es que en la sociedad, más allá de las leyes y formalismos, todos venimos y regresamos al mismo lugar, y solo por eso merecemos trato digno, respeto y la posibilidad de desarrollar lo mejor que hay en nosotros. En este sentido, todos los adjetivos que nos entregamos para sentirnos superiores o inferiores se convierten en estereotipos creados por los humanos para legitimar el irrespeto público y privado. ¿Cómo creen que nos iría como sociedad si empezamos a actuar desde esta noción?

En Colombia en el 2020 se han asesinado 153 líderes y lideresas sociales, seis personas relacionadas con defensa de derechos humanos, y 25 desmovilizados de las FARC según datos de Indepaz; hemos tenido 188 asesinatos a mujeres a mayo de este año, de acuerdo con el Observatorio de Feminicidios de Colombia; la prensa ha empezado a visibilizar los casos de violación de niños y niñas en el territorio, cifras que no están contabilizadas aún pero que probablemente son preocupantes, sin mencionar, el asesinato a otros colectivos como el LGBTIQ+, hombres y violencia intrafamiliar; y a pesar de que para todos estos delitos ha habido cárcel y se han aprobado las cadenas más fuertes contra ellos, la situación parece no mejorar.

Así que, sin ser la verdad absoluta, me atrevo a proponer que empecemos a reflexionar si el problema social que hemos atravesado históricamente quizás pueda tener una de sus raíces en seguir creyendo que de una u otra forma hay situaciones que trazan una diferencia contundente con el otro. Esto no quiere decir que no celebre ni haga parte de movimientos que buscan la reivindicación femenina e indígena, o que no apoye el movimiento LGBTIQ+; más bien, lo que busca es que empecemos a repensarnos el origen social de problemáticas que parecen perpetuas. Es por esto por lo que considero que es importante que nuestro papel no se concentre únicamente en demostrar la represión y violencia que por años ha reinado para ciertos colectivos diversos a nivel global, sino entender y difundir que siempre, por encima de eso, fuimos, somos y seremos iguales. Venimos y nos vamos de este mundo de la misma manera, todos sin excepción necesitamos respirar para sobrevivir, desarrollamos relaciones con quienes están en nuestro entorno, cuando caminamos en ríos de gente no hay una intoxicación ambiental porque seas indígena o mestizo, todos sufrimos por amor o desamor, y quien tienes a tu lado no es más ni menos persona por su orientación sexual. Sin embargo, así no sea la intención, seguir hablando de diversidad consciente o inconscientemente puede fortalecer en el ideario colectivo la noción de que somos diferentes en un sistema al que, tristemente, le encanta aprovecharse de la retórica de la diversidad.

En esta coyuntura, donde la consciencia colectiva está pidiendo cambios y donde no solo estamos los jóvenes tratando de lograrlo, es importante empezar a cuestionarnos por todos los factores que están incluidos dentro de la problemática social generalizada, encontrar el camino para prevenir los crímenes y la discriminación para no solo concentrarnos en un sistema punitivo que no está ayudando a que los comportamientos por lo menos disminuyan. Pero también es básico entender que desde nuestro ámbito personal podemos empezar a aceptar que todos de verdad somos iguales; que no es solamente pedir que se entregue un trato digno por mi lucha disruptiva o por mi rol conservador en la sociedad, sino entregar un trato digno a todo el que me rodea; no basta con luchar por el reconocimiento, sino reconocer al otro por lo que es más allá de las apariencias; no basta ir por el mundo enviando mensajes de justicia e indignación, si desde lo que soy no estoy trabajando activamente en la creación de una sociedad en la que realmente valga la pena vivir; no es suficiente hablar de igualdad, si quienes estamos buscando reivindicación nos seguimos sintiendo tan diferentes. Y no puede haber cambio social si no empezamos a crear un cambio contundente en nuestra consciencia colectiva. ¿No creen que es hora de que empecemos a sanar la sociedad incluso desde el lenguaje? ¿No es el momento de dejar de castigar para empezar a prevenir?

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