Esto opino

El señor Nuncio y el señor Arzobispo

Por Rafael Castillo Torres *

Recientemente, y frente a las declaraciones hechas por el señor arzobispo de Cali y los comunicados de la Nunciatura apostólica como de la conferencia Episcopal de Colombia y el sinnúmero de reacciones y tomas de posición que se han dado desde organizaciones de la sociedad, considero oportuno abrir una reflexión que nos permita trascender lo que está sucediendo, procurando entender el carácter profético del señor arzobispo, que habla desde las entrañas de su Diócesis y su región, y la sabiduría política del señor nuncio, siempre consciente de que la Iglesia y el Estado, en la medida en que puedan servir juntos, servirán mejor. Si queremos abrirle caminos al Reino de Dios, en un país polarizado y fracturado, tenemos que ser signo de unidad y de comunión.

Quiero empezar diciendo que quien cumple una misión diplomática no es un hombre astuto y falso, ni taimado y engañoso que justifica los medios por el fin. Tampoco el profeta es el adivino que anuncia el futuro ni adivina el porvenir.

Un diplomático es el hombre de la estabilidad. Asentado. Diríamos sedentario. (Para el caso, delegado de la Sede Apostólica). Un profeta es nómada, dura poco, peregrino, transeúnte, ave de paso.

Un diplomático siempre apreciará en primer término lo positivo, lo destaca y lo hace ver. Sus discursos comenzaran contando las glorias del país y captará la benevolencia de los presentes. Un profeta tiene un olfato muy especial para las limitaciones y debilidades y consecuentemente las denuncia. Narrará las calamidades y servidumbres que vive el pueblo y se hará estridente.

El diplomático es amable y sosiega, se le oye fácilmente, establece la paz, tranquiliza y remansa. Ve los casos desde la situación, desde lo relativo, desde abajo. El profeta es admirable y se irrita; se le escucha con dificultad. “Trae la guerra”, incomoda, revuelve el agua y da fastidio. Ve las cosas desde la revelación, desde lo absoluto, desde arriba. Son enfoques diferentes, distintas maneras de apreciar la verdad.

El diplomático no busca la mentira, sino el momento oportuno para la verdad. La condición para la verdad será la oportunidad. Al profeta le parece que la verdad no se sitúa. No busca situación, oportunidad, sino que es verdad que se revela y no se trata de cómo caiga sino de soltarla.

Un diplomático vivirá con la preocupación de la sincronización. Huye de la estridencia y de la inoportunidad. Es simétrico y acompasado. Ritmo, cadencia y compás son formas de entender el tiempo. Se hace querer del hombre establecido. El tiempo para el profeta es actual pero no sincroniza.  Es anacrónico, lo cual lo hace inoportuno. Entiende el tiempo sin valorar el ritmo por eso es desacompasadamente actual, saludablemente incómodo y convenientemente fastidioso.

Al final el diplomático será confianza para el establecido, garantía para el laborioso, convicción para el juicioso y esperanza del paciente. El profeta será salvación del desarraigado, estimulo del inconforme, ideal del progresista, amparo del indigente y salvación del necesitado.

Como podemos ver, son dos modos opuestos de vivir, pero complementarios. En esta coyuntura necesitamos de la nobleza y cortesía del señor nuncio y de la desfachatez y descaro del profeta del Pacífico. Hay que buscar el equilibrio justo de ambas fuerzas que sería lo ideal. Aquí no se trata de ver quién gana porque lo que nos ha pedido el Papa Francisco es que la nación avance hacia una nueva resultante con el acompañamiento que la Iglesia le puede ofrecer.

En Colombia el Reino de Dios necesita establecerse, pero también tiene que arraigarse, aunque no definitivamente en la tierra. Necesita estabilidad sin establecimiento. Requiere arraigo sin demasiadas raíces. Exige instalaciones sin instalarse. Este milagro de equilibrio humano no lo consigue ni el profeta ni el diplomático, es simplemente el fruto resultante de ambas fuerzas: profetismo y diplomacia. El Dios de la vida y de la paz permita que así sea.

* Sacerdote

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