Esto opino

Declaración de principios

Desde el principio de los tiempos, la humanidad ha buscado la manera de perpetuar y transmitir a cada nueva generación los valores y principios que socialmente se consideran necesarios para la vida en comunidad; esto no es más que el contrato social de Rousseau, pero limitado a lo moralmente aceptado.

Es así como, sin que haya mediado un acuerdo expreso o sin que intervenga ningún atisbo de ideología, todos reconocemos que Abelardo de la Espriella es un mal chiste y que Carlos Gaviria Díaz era un hombre con una sabiduría sobrenatural, o que Juan Manuel Santos ganó el premio Nobel de Paz el mismo día que Pacho Santos completó su primer circuito en Mario Kart de Nintendo Wii. Son hechos que no requieren mayor análisis y que todos hemos asumido sin discusión, para poder andar como la hija del fiscal Barbosa: por las nubes y sin complicaciones.

Desde el siglo IV a.C, las fábulas de Esopo se constituyeron en un complemento dinámico y lúdico para que los niños, sobre todo, aprendieran una intención y redacción didáctica de carácter ético y universal que les sirviera para la vida diaria. Era el germen de lo que posteriormente se llamarían principios. Es claro que mantenerlos en esta época de pragmatismo y acomodo resulta más inútiles que festivo en cuarentena, pero es lo que nos define, y sin ellos solo seríamos animales carroñeros anhelando la muerte del prójimo para alimentarnos de él, o familiares de los senadores del Centro Democrático peleando embajadas y consulados.

Por otra parte, existe un nutrido grupo de hooligans de la ética y de la moral que considera que los principios deben ser invariables en el tiempo porque esta inmutabilidad preserva los valores; luego tenemos a los marxistas; no, no a los románticos ilusos aquellos, me refiero a los seguidores del Marx bueno, de Groucho, a quien erróneamente le atribuyen la frase: “estos son mis principios y, si no te gustan, pues tengo otros“, que sin lugar a dudas pone de manifiesto que, al igual que las brujas y los uribistas pobres, existen, aunque parezca mentira.

Últimamente, con tanto tiempo libre para reflexionar, he pensado acerca de las implicaciones éticas de viajar al pasado y cambiar algunas cosas. Me imagino integrando el séquito de Jesús y generando inquina en torno a Judas Iscariote. Tendría que dejar mis principios a un lado, pero me gustaría hacer circular el rumor de que Judas dijo que la esposa de Pedro era de mirada sugestiva, como la de Viviane Morales o Roxana Segovia, y estoy completamente seguro de saber donde terminaría la roca que Pedro iba a utilizar para edificar la iglesia. Aprovecharía, antes de mi regreso, para pasar por los convulsos años 90 y regalarles el ‘Dark side of the moon’ de Pink Floyd a Maluma y el ‘Ok computer de Radiohead’ a J.Balvin. ¿Moralmente reprochable?, quizás, pero sería un gran aporte a la humanidad.

Por último, parece que en nuestro país los únicos principios importantes y fundamentales son los del capitalismo salvaje que llevó a que Iván Duque permitiera el absurdo día sin IVA del pasado mes, y que fue visto como un irracional episodio que nos puso en las principales portadas de los medios de comunicación del planeta, por lo inexplicable del mismo.

Ahora la iniciativa es la de abrir los centros comerciales y las discotecas. Imagino que se van a revalorizar la mitad de los Dj de las emisoras FM de la ciudad, que ponen música tan mala que no provoca levantarse a bailar, y esa puede ser una buena estrategia para evitar que se siga propagando el virus en esos escenarios.

Un consejo final, porque ningún concejo es malo, salvo el de 2015 que eligió a Nubia Fontalvo: no dejen que ningún principio obstaculice su progreso.

Para no olvidar: a mi tío Enry recogiéndome cada quince días para llevarme junto a mi mamá.

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