Esto opino

El retorno de los trinos

Por Mery Luz Londoño *

En plena pandemia del Covid-19, algunas de las imágenes más sorprendentes son las de distintas especies animales que deambulan con libertad por los espacios urbanos o por lugares transitados habitualmente por seres humanos. Osos, cebras, venados, delfines, zorrillas, grandes serpientes se dejan ver felices, con sus crías, por los hábitats que, en honor a la verdad, siempre les pertenecieron.

Estas imágenes nos dejan una de las enseñanzas centrales de la actual crisis: la de replantearnos la idea que hasta el día de hoy hemos adoptado con relación al desarrollo sostenible. Es decir, repensar nuestra relación con el medio ambiente y asegurar que las condiciones que deben afrontar las generaciones por venir deben ser óptimas para la supervivencia y la calidad de vida. 

Hoy observamos con asombro cómo la naturaleza está regresando a su equilibro originario, reverdeciendo nuevamente, regenerándose en medio del gran aislamiento social, luego de que las terminales aéreas, marítimas y terrestres se detuvieran por completo. Ella, en su sabiduría, ha experimentado la resiliencia que la acción humana le ha negado.

Se paralizó una sociedad que no dormía por su ritmo tan frenético y, solamente así, por los efectos devastadores del virus, hemos podido hacer un alto en el camino. Y es que la humanidad ha venido pasando por alto muchas señales, sobre todo aquellas que conciernen al calentamiento global y al cambio climático. Todos los intentos de los países desarrollados por suscribir estrategias globales de protección ambiental han fracasado por sus propios intereses y mezquindades. 

En las últimas décadas la industria en todo el mundo ha irrumpido con más agresión en los entornos silvestres para satisfacer sus necesidades económicas, comerciales y políticas. Y peor aún, por encima de todos los intentos de los estados, observamos con decepción que el panorama económico en todo el globo es desolador. Es decir, el virus ha desnudado todas nuestras carencias y apariencias; ha sacado las suciedades que los países escondían debajo de la alfombra.

Esta crisis, en consecuencia, debe servir como transición para volver nuestra mirada a lo verdaderamente esencial o vital. ¿Qué podemos hacer para lograr un uso adecuado y responsable de nuestros recursos naturales? ¿Qué estamos haciendo como sociedad para preservar nuestra selvas húmedas, nuestros paramos, nuestros ríos y nuestros arrecifes de coral? ¿De qué  manera podemos trabajar juntos por proteger y garantizar la supervivencia de todos los animales exóticos y silvestres que abundan a lo largo y ancho de nuestros ecosistemas y que hoy, como símbolo de reclamo, se pasean por las calles desoladas?

El Covid-19 nos está dando la oportunidad de valorar el milagro vivo de la naturaleza. Que no dejemos de maravillarnos con el armonioso canto de las aves que hoy empiezan a retornar a sus hábitats; ni con el auténtico color natural que está retornando a nuestras ciénagas y lagunas, a nuestros ríos y mares. Estamos a tiempo de vivir de manera amigable con el planeta, aún en medio del reto colosal que nos supone el calentamiento global y la extinción de nuestra fauna y flora en el futuro más inmediato.

Todavía podemos ver una luz en el horizonte. No es tarde aún. Y, por eso, son pertinentes las prodigiosas palabras que Martin Luther King expresó desde la visión promisoria que tanto lo caracterizaba: “si supiera que el mundo se acaba mañana, yo, hoy, todavía plantaría un árbol”.

* Ingeniera civil, secretaria de Planeación Departamental de Bolívar

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