Esto opino

Un alivio para Cartagena

Por Rafael Castillo Torres *

Recientemente la ciudad ha sido testigo, además de las preocupaciones que todos tenemos en el punto más alto de la pandemia, de algunas situaciones de agresión, violencia social, robos, suicidios, capturas, relaciones tensas con la fuerza pública, señalamientos y asesinatos. A ello se le suman el estrés unido a la depresión, las frustraciones y la falta de una comunicación y de presencia cercana de amigos y familiares a lo cual no nos acostumbramos. La salud mental y espiritual vemos que no viene valorada en igual proporción con respecto a otras situaciones que priorizan la activación de un consumo de bienes. Todas estas situaciones nos impiden crecer sanamente. Afortunadamente, ese consumismo egoísta de que nos habla el Papa Francisco, le ha tocado enfrentarse con la alegría de la vida sencilla que es capaz de compartir. Ello habla del espíritu humano que hay en ese vocablo que comienza a crecer: La Cartageneidad.

Sigmund Freud, en su obra El Malestar en la Cultura, desarrolló una tesis, que para el caso me parece oportuna: “Hay sociedades enfermas en su conjunto y cuando llegan a este punto padecen una neurosis colectiva de la cual pocos individuos son conscientes. Puede incluso suceder que, dentro de esta sociedad enferma, se considere precisamente enfermos a aquellos que están más sanos”.

Las ciencias sociales nos han enseñado que una sociedad es sana en la medida en que favorece el desarrollo sano de las personas. Cuando nos lleva a la fragmentación, la cosificación o la disolución como seres humanos, entonces ya somos una sociedad patógena y justo allí viene bien hacernos las preguntas que son pertinentes:

¿Qué es más sano, dejarnos arrastrar por una vida de comodidad y exceso o vivir de manera moderado cultivando la virtud de la austeridad, sin caer en la patología de la abundancia propia de los días sin IVA? ¿No es este, ser mucho, con muy poco, uno de los grandes aprendizajes de estos últimos meses?  

¿Qué es más sano, seguir funcionando como objetos que reducen la vida a nuestros deseos y satisfacciones o construir la existencia, día a día, dándole un sentido último desde la fe como lo hacen todos los que se colocan de rodillas ante las puertas cerradas de las Iglesias? Uno de los aciertos humanísticos de Carlos Gustavo Jung fue considerar la neurosis como el sufrimiento del alma que no ha encontrado su sentido. Estos tiempos son una gran oportunidad para hacerlo desde esa Iglesia doméstica que es nuestra familia.   

¿Qué es más sano, llenar nuestra vida de cosas o cuidar las necesidades más hondas que hay en cada pareja y familia y en nuestra convivencia social?  

¿Qué es más sano, mantener aislada nuestra dimensión espiritual vaciando de trascendencia la vida del creyente, o vivir desde una actitud de confianza en Dios que es amigo de la vida y lo único que quiere es la plenitud del ser humano?

¿Qué es más sano, señalar a la institucionalidad culpándola de todo y pidiendo que rueden cabezas o, por el contrario, necesitamos sentarnos todos, en espacios muy seguros, para resolver entre todos, lo que es responsabilidad de todos y preguntarnos por qué se ataca a la Policía y qué hay detrás de estos ataques?  

Nuestra fe no nos lleva a la evasión ni a la pasividad. Necesitamos coraje para las decisiones y valor para nuestras responsabilidades. Afrontemos la tarea de darle alivio a Cartagena aceptando los sacrificios que vengan con tal de ser fieles a nosotros mismos y a nuestra propia dignidad.

* Sacerdote de la Arquidiócesis de Cartagena

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