Esto opino

Un proyecto nacional que supere las desigualdades

En su obra ‘Capital e ideología’, Thomas Piketty señala, acudiendo al sentido común, que “el estudio de las diferentes experiencias históricas, conclusas o inconclusas, exitosas o fracasadas, es el mejor antídoto tanto para el conservadurismo elitista como para el mesianismo revolucionario”.

La evidencia empírica que muestra el fracaso del socialismo marxista leninista que no pudo compaginar las ideas de justicia con el ímpetu de libertad que abriga el espíritu humano, y el desgarramiento social que ha significado el neoliberalismo globalizado que nos ha llevado a los límites de la sexta extinción de las especies guiado por una fórmula voraz del capitalismo, debe hacer comprender a todo aquel que aún profese el credo laico de la democracia, que es preciso construir caminos que establezcan la justicia sin maltratar las libertades civiles de cada ciudadano, sin privilegios, sea cual sea su origen, raza, sexo, religión o ideología.

Las constituciones de la segunda posguerra consolidaron la idea de Estados fundamentados en la solidaridad, la igualdad, la dignidad humana y la libertad; valores que se aseguraron a través del ‘Welfare state’ o Estado del Bienestar. Esa idea solo vino a concebirse como ideario político de la nación en la Carta de 1.991 que determinó que Colombia es un Estado social de derecho, democrático, participativo y pluralista.

Infortunadamente esa utopía constitucional que es la construcción de una sociedad política ideal en la que siempre es menester persistir, ha sido guiada por gobiernos y fuerzas reaccionarias que han pretendido (y logrado) conducir al pueblo hacia una distopía, esto es, a un ‘mal lugar’, signado por la guerra, la pobreza, la negación del acceso al conocimiento, a las oportunidades y a la justicia. Esa dirigencia nefanda se ha esforzado en conservar la democracia formal, menoscabando la democracia real que significa garantía de derechos fundamentales para todos sin privilegios, y la búsqueda de la paz como una obligación moral de cada conciudadano.

Quizás atendiendo a estos altísimos valores, el exnegociador de paz Humberto de la Calle lanzó la idea de construir una coalición de ‘centroizquierda’ que permita agitar un ideario que sea alternativa de poder en 2022. Su invitación propone como novedosa metodología inicial, señalar cuales son las líneas rojas que los eventuales aliados no están dispuestos a cruzar con tal de fortalecer la unión, para luego proceder a edificar un programa que permita un gobierno de coalición.

Gustavo Petro le ha respondido a De la Calle que acepta la propuesta y están pendientes las manifestaciones de otros dirigentes nacionales que generosamente, liberados de prejuicios e inquinas puedan sumarse a ese esfuerzo que se impone en la difícil hora actual. Sería un error no actuar con la grandeza que solo un noble espíritu alcanza a vislumbrar. La grandeza genuina también requiere en algo de la humildad. Líderes modernos y progresistas como Sergio Fajardo, Ángela María Robledo, Jorge Robledo, Alejandro Gaviria, Camilo Romero, entre otros, deberían darse, una vez más, con perseverancia y tolerancia, la oportunidad del dialogo.

Mientras tanto en las regiones, ‘las conciudadanías’ deben disponerse a transformar el sentimiento generalizado de injusticia y desesperanza, en pensamiento colectivo dispuesto a cambios históricos. Los tiempos así lo exigen y las lecciones de otros pueblos alumbran un sendero posible.    

* Abogado

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