Historias

Álvaro Cárcamo Camargo

Por Jorge Cárcamo Álvarez *

Si buscamos un profesional que tenga empatía con la gente, por el servicio social que presta y por la dedicación a sus pacientes ese es Álvaro Cárcamo Camargo. Él es un médico egresado de la Universidad de Cartagena, que hizo de la carrera un apostolado al servicio de los que sufren y de los que padecen el abandono del Estado resignados a su suerte.

Fue un estudiante aplicado desde los primeros años de universidad. Su dedicación al estudio le valió que desde que cursaba segundo año de la carrera fuera escogido por sus profesores como instructor de la clase de Fisiología. Una asignatura, que pasados más de treinta años, sigue impartiendo con el mismo entusiasmo de sus años nuevos.

El ejercicio de su carrera quedó marcado desde cuando desempeñó su año rural. Era muy normal que los egresados aspiraran a hacer sus prácticas en buenos hospitales y en pueblos cercanos a la gran ciudad. Por comodidad o huyéndole a la violencia. Pero Álvaro ya sentía otras sensaciones en su corazón: optó por realizar su año rural como médico en un barco que recorría los pueblos ribereños a lo largo y ancho del Río Magdalena. En ese mismo momento sabía que no solo estaba tomando la decisión sobre el año rural sino -además – sobre cómo ejercería la profesión a lo largo de su vida.

En ese trasegar conoció y vivió la pobreza de las comunidades ribereñas. Esas realidades le redibujaron el corazón y sellaría con el sudor de su trabajo y el dolor de aquellos primeros pacientes lo que sería su destino: su predilección por el servicio a los pobres y los más necesitados. Se convirtió -entonces – en una especie de Hipócrates moderno, pero sin túnica ni barbas.

Allí se carecía de todo. Era la época en que contar con un puesto de salud en aquellas enrevesadas poblaciones del Río Magdalena era más que un milagro. Era un privilegio con el cual aquellas personas de piel curtida por el sol y manos sangrantes por el trabajo no contaban.

Un médico con tanta ciencia como Álvaro Cárcamo pudo darse el lujo de tener un consultorio suntuoso en un barrio de élite, en el que solo se atendieran pacientes ricos para que su caja registradora no dejara de sumar. Pero no: prefirió un consultorio austero en un barrio popular en donde los pobres no tuvieran barreras sociales y económicas para llegar.

Desde los primeros años de su ejercicio profesional identificó una de las patologías que causa más muertes en la población pobre de Cartagena: era la enfermedad silenciosa de la hipertensión, resultado de no contar una medicina preventiva y de buenos hábitos alimenticios.

Eso lo impulsó a fundar múltiples clubes de hipertensos en la ciudad, integrados especialmente por personas de avanzada edad de los barrios populares a quienes no solo diagnostica y formula sino que se convierte como en un padre para ellos.

Sus pacientes no son números sino seres humanos a los que les brinda esperanza y consuelo. Siempre les tiene la mano tendida y a los que no cura con remedio los cura con sonrisas. Su mística, generosidad y bondad le ha permitido salvar la vida de muchas personas excluidas por el sistema.

Todos los días, sin falta, tiene un programa de radio que le permite estar en contacto con la gente. En él responde las inquietudes de todas aquellas personas que sufre de alguna dolencia o que quieren saber cómo llevar una buena salud. Él es la voz que hace posible que la medicina preventiva, que es la gran falla de nuestro sistema de salud, pueda implementarse a la escala de su trabajo.

Su labor se ha vuelto más visible en medio de la pandemia del Covid-19. No solo en su tarea diaria de pedagogía sino que es la instancia de consulta más cercana y gratuita que tiene la comunidad para ser atendida. Sobre todo, cuando innumerables personas llaman a los teléfonos del Dadis y estos suenan y suenan y muchas veces no hay una sola voz que responda los requerimientos ciudadanos.

El nombre de Álvaro Cárcamo dibuja la palabra filantropía en todas sus letras, especialmente todas esas veces que recorre los barrios populares de la ciudad en busca de sus pacientes y cada vez que, con el cariño acostumbrado, les susurra al oído la palabra esperanza y les roba una sonrisa.

*  Abogado, especialista en Derechos Humanos, Alto Consejero para el Postconflicto.

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