Esto opino

Democracia, emancipación y justicia

Por Danilo Contreras Guzmán *

Una de las circunstancias que causa más desazón en medio de la pandemia es el cierre de las escuelas y tener a los pelaos deambulando por los barrios populares sin posibilidad de juntarse en las aulas y acceder al conocimiento.

Entre estas preocupaciones sobre el valor de la educación y el quiebre que puede significar este receso para la sociedad, regresaron a mi mente los tiempos de las clases en los primeros años del bachillerato y el especial embeleso que sentía al escuchar de los maestros los relatos de las hazañas de los grandes personajes del pasado. Recuerdo mi preferencia por la historia de la antigüedad y particularmente por las narraciones de las sagas de atenienses y espartanos que se enfrentaron en las guerras del Peloponeso.

Lamento que, en aquellas tempranas épocas de la juventud, la cátedra de historia no profundizara en lo que ese periodo de la humanidad significó para la formación del concepto de la democracia, justamente para educarnos en la valoración que esta merece y comprender a fondo la naturaleza de esa manera de gobernar los pueblos, pues encuentro que 25 siglos después son demasiados los enemigos del gobierno del pueblo.

Hace unos años, por cuenta de un trabajo académico, volví a encontrarme con uno de los magníficos personajes que apenas anunciaban los maestros del colegio en sus clases de historia: Pericles.

Este ateniense, casi mítico, del siglo V a.C., es señalado como el adalid del concepto de la democracia, cuyos perfiles quedaron escritos con tintas que no se han borrado hasta los tiempos modernos. Para argumentarlo traigo esta cita de la ‘Historia de la guerra del Peloponeso’, de Tucídides, en la que el autor pone en boca de Pericles una breve pero significativa frase que describe la democracia ateniense: “Deliberamos rectamente sobre los asuntos públicos…”. Popper en su obra ‘La sociedad abierta y sus enemigos’ vuelve sobre esa frase exponiéndola en toda su trascendencia. Según Popper, en la Atenas de Pericles se produce la más profunda revolución de la humanidad: “la invención de la discusión crítica y, en consecuencia, del pensamiento libre de obsesiones mágicas”. Vale decir entonces que desde esa época la democracia sustituyó las supercherías de las sociedades oscurantistas amparadas por reyes y tiranos, a cambio de la deliberación racional propia de las sociedades abiertas y soberanas.

Habermas, por otros caminos, reaviva estos conceptos al sostener en su ensayo ‘La soberanía popular como procedimiento’, que “la discusión permite que las convicciones que se han desarrollado en el espíritu de distintos hombres actúen la una sobre la otra; que se clarifiquen, que amplíen el círculo de su aceptación”. Así, en una democracia, el discurso racional que se edifica en la deliberación desplaza los prejuicios y los preconceptos para construir la voluntad popular.

Solo la democracia ha podido garantizar la libertad que es tan preciada a los seres humanos. El mismo Habermas al respecto señala que “la libertad política se concibe siempre como la libertad de un sujeto que se auto determina y se auto realiza”. Luego, solo en democracia es posible un ser humano emancipado.

Ahora bien, las democracias modernas funcionan a través de partidos, en contraposición con las sociedades monárquicas o más recientemente caudillistas, que giran en torno a personajes idealizados que alcanzan niveles de dominación que incluso les llevan a estar por encima de las normas que rigen a los demás mortales. Ha sido común en el curso de la historia que muchos partidos giren en torno a sus líderes ‘mesiánicos’ en desmedro de la idea democrática que invita a los ciudadanos a construir albedrío político de manera autónoma y racional.

El mismo Habermas afirma: “Lo que debe haber es ‘partidos’, no ‘sectas’. El partido pretende hacer valer su meta propia dentro del Estado, la secta pretende rebasar al Estado con sus propias metas”. 

Es también la democracia el sistema de gobierno que mejor ha podido diligenciar la idea de justicia que profesa todo ciudadano. En efecto, cada persona puede concebir una idea subjetiva de justicia que en cualquier momento choca con la idea de justicia de otro.

Para salvar este escollo que las sociedades monárquicas resolvían mediante la justicia impartida por el rey generalmente investido de poderes teológicos, la democracia consagra en sus constituciones una serie de principios que permiten que los ciudadanos sean tratados con igualdad ante la ley y las autoridades.   

En Colombia el valor de la justicia se construye con fundamento en principios consagrados en el artículo 29 de la Carta que determinan que los ciudadanos deben ser juzgados conforme leyes preexistentes al acto imputado y por jueces predeterminados, así como la garantía de la presunción de inocencia y del derecho a la defensa y a impugnar sentencias condenatorias. Más allá de eso, en una democracia la idea de justicia está blindada por el principio de separación de poderes, de manera que ni el poder legislativo, ni el ejecutivo puedan influir en las decisiones de la rama judicial.

Son serios entonces los temores que nos asaltan a muchos por la circunstancia de que nuestra juventud se vea privada del conocimiento que hay que brindarles desde las escuelas, en especial aquel que les permita conocer el sentido profundo y humanístico de lo que es la democracia real, en una coyuntura compleja en la que el presidente de la república presiona al más alto tribunal del país por cuenta de decisiones que han generado explicable conmoción nacional.

Hoy más que nunca es indispensable educar para la democracia.

* Abogado especialista en Derecho Administrativo y Maestría en Derecho con énfasis en Derecho Público.

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