Esto opino

A la memoria de mi padre

Por Mery Luz Londoño García *

Dicen que los hombres más grandes son los que dejan huella incluso en los reinos más pequeños. Y nuestra casa era un reino familiar, íntimo, en donde un gran hombre iba dejando huellas para no extraviarnos en el camino: Delfo Londoño Gómez, mi padre, nuestro padre.

Desde niña descubrí su condición de guerrero de la vida. Él supo abrirse un camino a punta de esfuerzo y dedicación. Tenía el carácter resuelto e indómito de los hombres nacidos en la provincia antioqueña. Lo suyo fue la lucha y la resolución, cuya dignidad estaba por encima de toda consideración. Nos contaba que, en una ocasión, siendo niño, una maestra le pegó en las manos con una regla y él decidió abandonar la escuela. Esa decisión le permitió convertirse en un autodidacta, en el artífice de sus propios conocimientos, leyendo cuanto libro pasaba por las mismas manos que, durante la niñez, le lastimaron.

Nuestro padre fue un peregrino de la vida; afrontó la dureza y las adversidades del camino para forjar su entereza y andar con paso victorioso. Nada lo amedrantaba; su espíritu emprendedor le orientó, desde muy joven, su vocación de comerciante. Desde que se alejó de su hogar originario, en el municipio de Hatillo de Barbosa, recorrió pueblos y veredas, y su ingenio le proporcionaba los recursos suficientes para sobrevivir. Siempre honesto, incluso en las dificultades; salía avante con su espíritu inclaudicable. 

Su sentido de comerciante ingenioso lo llevó hasta estas tierras calientes del Caribe. En San Marcos (Sucre) conoció a quien sería su gran amor: Mery García Núñez, nuestra madre. Con ella compartió los momentos más jubilosos de su vida, formando una familia de 10 hijos, 27 nietos y 24 bisnietos. Juntos pudieron afrontar, como si fuesen espíritus gemelos, los retos del diario vivir. Hasta el último momento de su existencia, ella fue su compañera, esposa y consejera incondicional.

Nuestro padre Delfo Londoño nos enseñó el valor de trascender. Y lo hizo con el ejemplo: de ser un comerciante dedicado, se convirtió por los años 70 en el honorable sub-contralor de la ciudad de Cartagena.

Hoy todos recordamos a papá como un hombre de verbo fácil y cautivador. Con su poderosa memoria como arma, recitaba con denuedo sobre lo divino y lo humano y en cada rincón de su memoria pervivían las fechas, los personajes y los datos de todos los acontecimientos que cambiaron la historia colombiana y universal. Recuerdo cuando me compartió la impresión que le había causado la vez que vio al caudillo Jorge Eliecer Gaitán, en una manifestación popular en el municipio sucreño de Chalán. Así mismo permanece en mi corazón la manera tan conmovedora como a sus 94 años recitaba, con esa memoria privilegiada, su poesía predilecta ‘La gran miseria humana’, de Gabriel Escorcia Gravini, con sus 30 estrofas.

Mi padre fue poeta, líder, político y emprendedor, pero, ante todo, fue un ser humano solidario y comprometido con los más necesitados; implacable ante las injusticias y cualquier forma de desprecio con los más humildes. Nunca lo vimos desfallecer, ni aún en los momentos de profundas angustias, cuando el mundo parecía venirse a pedazos. Su espíritu de arriero antioqueño siempre le susurró al oído que, más adelante, se abriría un nuevo sendero.

Desde temprana edad nos enseñó a valorar las cosas desde las más pequeñas a las más sublimes. No tuvo apegos materiales y, con austeridad y disciplina, antepuso los valores morales a todo lo demás. Los domingos, como una ceremonia sagrada, lo visitábamos a como diera lugar, para que nos iluminara con el brillo de su sonrisa siempre presente y que, gracias a Dios, sus nietos la conocieron con todo el esplendor de su alma noble.

Nuestro padre nos introdujo por el camino de la literatura; se deleitaba con los cantos épicos de Homero, pero también disfrutó su trabajo y su trasegar por la vida con la frente enaltecida por la dignidad. Su caballerosidad inquebrantable, sus atuendos de guayaberas, ataviado con zapatos pulcros y perfectamente lustrados, sus pañuelos, el Menticol que convirtió en la fragancia para combatir los calores del trópico, todo ello me revelaba su forma particular y auténtica de ver la vida, pero además, su apego admirable a estas tierras caribeñas que lo acogieron con tantos afectos.

Hoy te digo, Delfo Londoño, que fuiste el amigo más incondicional de todos, exaltaste tu nombre, el cual será recordado y dignificado por siempre. Tu fervor por la Virgen del Carmen fue una iluminación en tu vida, la estampa que guardabas en la billetera la asumiste como un faro en tu navegar existencial.

Extraño tu alegría y optimismo, padre. Tus palabras sabias y oportunas fueron siempre luces encendidas, incluso en medio de la enfermedad. Jamás dejaste tu afabilidad y afectos con los tuyos, con los que te rodeamos siempre para que supieras que caminábamos a tu lado, aún en la adversidad. Tus historias, tus anécdotas, tus cantos sorpresivos y el sentido del humor con los que nos deleitabas a través de tu inconfundible voz permanecerán en nuestro espíritu como una llama inconsumible.

Delfo Londoño, padre querido, quise compartir tu vida extraordinaria con mis lectores. Quiero que comprendan el orgullo de saberme tu hija, mostrarles lo invaluable de un padre que nos enseñó a volar, incluso en medio de la tormenta. Quiero que sepan que tu muerte no separa nuestros afectos y, al contrario, enaltece tu memoria. Sé, padre, que allá, en lo alto, tu mirada nos acompañará por siempre, y que algún día nos reuniremos en la morada celestial que Dios tenía preparada para ti, como te lo mereces, por tener un alma tan buena que alcanzó a dar amor a todos los que te rodeamos.

Ingeniera civil, secretaria de Planeación Departamental de Bolívar

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