Esto opino

¡Revisemos la protesta!

Por Rafael Castillo Torres *

La semana que acaba de finalizar tuvo en el ámbito, nacional y latinoamericano, el debate sobre el caso del expresidente Uribe y su abogado, a quienes la Corte Suprema les dictó medida de aseguramiento con detención domiciliaria, con lo cual, tanto en los partidos políticos y medios de comunicación, como en las calles y redes sociales, se ha producido un estallido acompañado de reacciones, movilizaciones y afirmaciones, algunas sensatas y otras demasiado ligeras, que bien vale la pena considerarlas más allá de los sentimientos y las emociones.  

En los últimos años Colombia ha estado fuertemente marcada por la contestación y la protesta. Nacidas ambas del malestar que experimentamos en una sociedad en la que nos hemos acostumbrado a vivir en el conflicto y a deshacer los caminos para transformarlo.

Personalmente, creo que la contestación es muy necesaria para purificar esta sociedad. Y quienes profesamos una fe cristiana, dadas las exigencias de la parresía profética, estamos llamados a ser fuente dinámica de comportamientos contestatarios. Pero no contestar cualquier cosa y menos hacerlo de cualquier manera. No toda protesta y toda condena es igualmente constructiva en la búsqueda de esa una nueva sociedad que se acerque lo más posible a los Valores del Reino de Dios. También hay formas de contestación que merecen ser revisadas, criticadas y purificadas.

Por ejemplo, hay formas de protestar que tienen su origen en la frustración y la agresividad, y que difícilmente pueden aportar algo válido al nacimiento de unas nuevas relaciones y a una transformación creativa del conflicto. Hay otra protesta nacida de la intolerancia, el fanatismo y la intransigencia, que sólo acentúa divisiones, discordias y partidismos, y aleja el horizonte de una posible transformación social.

Hay algo también que, tristemente, ha crecido entre nosotros y es la forma irresponsable con que ‘clasificamos’ a las personas con arreglo a unas categorías preconcebidas. Nuestras etiquetas son: progresista, conservador, guerrillero, paramilitar, de izquierda, de derecha, terrorista, narcoterrorista, uribista o castrochavista, dividiendo esta sociedad en “buenos y malos” y condenando a quien no coincide con nuestra particular visión de las cosas.

Justo aquí es cuando más se empobrece nuestra capacidad de dialogar y de colaborar. Adoptar posturas previas que nos encierran en nuestra propia posición y nos colocan falsamente por encima de los demás, es equivocado. Muchas veces nuestra condena indiscriminada de los demás, lo que refleja es el ocultamiento de nuestra propia mediocridad y la incapacidad de actuar de manera más constructiva y comprometida.

La conciencia crítica no hay que acallarla. Lo que hay es que asumir nuestra propia responsabilidad, no viendo en el otro alguien torcido desde la misma raíz que hay que sacarlo como sea, mientras nosotros somos árboles, con la forma de un ‘campano’, de frutos perdurables.

No le hace bien a Colombia que estemos siempre recriminando a otros, lamentándonos de las estructuras existentes o descargando nuestra responsabilidad, considerando siempre las injusticias consecuencia de la maldad de los demás. También cada uno de nosotros tiene sus cositas torcidas que es bueno revisar y enderezar.

Sacerdote de la Arquidiócesis de Cartagena

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