Esto opino

Reconectándonos con la ruralidad

Por Emilio Molina Barboza *

Hace poco un gran amigo, desde la casa en el campo en la que actualmente está viviendo, compartía videos e imágenes en sus redes sociales acerca de la manera cómo le enseñaba a un sobrinito a recoger el pasto para los caballos. En otras ocasiones lo he visto que también le ha enseñado cómo bañarlos, cómo alimentar a las gallinas, cómo asear el patio y cómo regar las plantas del jardín. En fin, he visto a su sobrinito cuidando y dándole cariño a su entorno, a los animales y a las plantas del lugar en el que viven.

Esas imágenes me hicieron pensar que realmente no conozco a una sola persona que, después de conectarse con la naturaleza, se comporte de forma superficial ante la vida. Creo que, si lo pienso con detenimiento, las personas que más admiro, y tal vez las más sencillas, las más responsables, las más tolerantes, las que al menos tienen cierta conciencia del deber que todos tenemos de cuidar el medio que compartimos, son personas que sienten la naturaleza.

Y no hablo necesariamente de aquel que vive en el campo sino de aquel que ha aprendido a relacionarse sanamente con el medio ambiente. De pronto, alguno dirá que no es más que una percepción, pero estoy convencido de que, en la naturaleza, en el campo, en la ruralidad, se encuentran arraigados los valores que en definitiva debemos difundir e incentivar en nuestra sociedad.

En un país como el nuestro, al que muchos consideran que es un país urbano pero que, según el Departamento Nacional de Planeación, el 81% de su territorio puede clasificarse como rural o rural disperso, no debería ser siquiera un reto mirar hacia el campo. Y no solo para cultivar ese contacto con la ruralidad que, como sociedad, necesitamos para impregnarnos de una mayor humanidad, sino además para explorar sus potencialidades, sus ventajas competitivas, reducir brechas sociales y promover la inclusión productiva.

Ahora bien: sin duda, uno de los retos que tenemos por delante para lograr un adecuado ordenamiento rural va a consistir en resolver las tensiones o conflictos de usos del suelo que se puedan presentar en el territorio desde lo que las perspectivas contemporáneas han denominado como la nueva ruralidad, la cual reconoce el rol multifuncional de las áreas rurales. Eso significa que el campo no solo puede ser concebido como un espacio exclusivo para la producción agropecuaria, la extracción de materiales (mineros o forestales) o para la reserva de áreas para la protección ambiental, debido a que las necesidades funcionales entre el suelo urbano y el suelo rural vienen generando cierta interdependencia y con ello la convivencia en suelo rural de actores rurales tradicionales con actores neorrurales con origen urbano, que hacen aprovechamiento del suelo rural, para usos residenciales, comerciales o industriales, generando -incluso – nuevas fuentes de ingreso y aumentando el empleo rural no agrícola.   

En ese sentido, para que el ordenamiento rural de nuestra ciudad responda a estas nuevas dinámicas sociales y económicas, en la revisión de nuestro Plan de Ordenamiento Territorial, se hace necesario, al menos, ordenar nuestro territorio rural definiendo con una mayor claridad nuestro Suelo Rural de Protección destinado para la protección ambiental, las áreas para la producción agropecuaria, las áreas de amenaza y riesgo y las áreas para servicios públicos; así como también será necesario precisar nuestro Suelo Rural de Desarrollo Restringido destinado a áreas suburbanas, corredores viales, centros poblados rurales, áreas para equipamientos y áreas de vivienda campestre; además de aquellas áreas específicas del suelo rural para el desarrollo de Unidades de Planificación Rural.  

De esta manera, lo ideal será generar zonas normativas rurales teniendo en cuenta las categorías mencionadas de suelo rural de protección y de suelo rural de desarrollo restringido, para definir y zonificar nuestro suelo rural según su vocación y potencialidad. De esa forma será más sencillo establecer usos rurales, condiciones, umbral máximo de suburbanización, y normas de manejo que permitan generar un sistema productivo que fomente la agricultura familiar y un adecuado balance entre actividades rurales.  

Parece una obviedad, pero ante la emergencia económica y social en la que nos encontramos, ahora más que nunca, ordenar nuestro territorio rural reviste de una gran importancia, debido a que ello nos permite volver a mirar al campo como una forma de reconectarnos con la naturaleza, atacar la pobreza, proteger el patrimonio ambiental, gestionar los servicios ecosistémicos que necesitamos para nuestra propia supervivencia y reorientar los procesos de producción y de ocupación.

* Abogado, con maestría en Estado de Derecho Global y Democracia Constitucional, especialista en Ordenamiento Territorial

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