Esto opino

Estado de opinión

Por Uriel Pérez Márquez *

Este peligroso eufemismo, de una fuerte carga política y de perversa utilización en múltiples estrategias de comunicación, vuelve a retumbar en miles de oídos incautos como una justificación al desconocimiento de medidas o decisiones adoptadas por autoridades judiciales legítimamente constituidas.

El escenario natural de la Democracia es el Estado Social de Derecho, fundado sobre los pilares de la legalidad, que implica sujeción a las reglas de juego previamente establecidas y llevar las discusiones dentro de los linderos de la Ley. La prevalencia del individuo, que evidencia el verdadero contenido social de la democracia; y el respeto a las libertades ciudadanas, dentro de las que se encuentra, obviamente, la de expresión.

Mientras que el mal llamado Estado de opinión es el vehículo por antonomasia de la demagogia, con pretensiones mesiánicas, que busca dotar de mayor peso las opiniones personales o subjetivas, desconociendo los cimientos mismos del contrato social.

En una entrevista concedida al diario El Tiempo, el 27 de Julio de 2019, quien fuera asesor de cabecera de un expresidente ampliamente recordado en estos días pandémicos, el tristemente célebre José Obdulio Gaviria, intentaba definir el estado de opinión como ese contacto permanente que mantiene el gobierno con los ciudadanos. Sus dos herramientas principales -dijo el exasesor – son los consejos comunales de gobierno y los mecanismos de participación, aunque no estén mediados por los partidos políticos. No se hizo claridad en la entrevista sobre los mecanismos aludidos.

Las generalizaciones, polarizaciones y las pseudoteorías son manifestaciones recurrentes de este concepto (¿?), del que también se nutre el populismo punitivo, tema que ha sido abordado en múltiples ocasiones por el profesor Enrique del Río González, que sutilmente buscan permear el imaginario colectivo, de manera que los estruendosos gritos repetidos como jaculatorias en redes sociales y medios masivos de comunicación se superpongan a los cauces naturales de la democracia.

Y es que estas prácticas echan raíces sólidas en individuos que no desarrollan pensamiento crítico, fenómeno por demás denunciado innumerables veces en la historia, entre otros, por el filósofo José Ortega y Gasset, quien, al criticar en su obra ‘La rebelión de las masas’ la masificación de los individuos, en el contexto del ascenso del fascismo de Mussolini, explicaba: “este hombre-masa es el hombre previamente vaciado de su propia historia, sin entrañas de pasado y, por lo mismo, dócil a todas las disciplinas llamadas «internacionales»“.

En este contexto, resulta escandaloso -por decir lo menos – que los máximos representantes de los poderes ejecutivo y legislativo, ataviados con sus vestiduras de servidores públicos, pretendan cuestionar por fuera de un proceso judicial y en público las decisiones que tengan que ver con un ciudadano.

Además de grotesco, es potencialmente violatorio del régimen disciplinario que los cobija, y no porque les esté prohibido opinar sino porque la finalidad perseguida es ejercer una indebida presión.

* Abogado, docente universitario

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