Esto opino

Eterno retorno

Por Euclides Castro Vitola *

Los amantes de los tatuajes, en líneas generales, son dados a emplear símbolos y alegorías que representen conceptos filosóficos de diferentes culturas y regiones de todo el orbe. Así conocimos el Yin y el Yan en cada una de sus escalofriantes variantes artísticas, o el símbolo de la paz, representado por un círculo con tres líneas en su interior, una en la parte superior hasta abajo y dos en la inferior en forma de huella de ave, que tuvo su etapa más importante en la década de los 60 con el movimiento hippie. De tatuajes de guitarras, dibujos animados, nombres de novias y letras chinas con mensajes de dudosa traducción hablaremos en otra oportunidad.

El úroboro, por su parte, es un símbolo en el que se aprecia una especie de serpiente que se muerde su propia cola, haciendo un círculo perfecto que representa el ciclo perpetuo o el llamado también “eterno retorno“. No, no me refiero a tu expareja que te escribe cuando está borracho o se queda nuevamente soltero. El hecho es que, por desconocimiento o desinterés, muchas personas prefieren tatuarse el manido icono del infinito, el que parece un ocho horizontal, aunque representen lo mismo, pero más chic, o en todo caso más mainstream porque, en la era del reggaetón, se premia la producción en serie y se castiga lo diferente.

Al momento de escribir estas líneas la Policía Metropolitana de Cartagena había vuelto a las actividades por las que es famosa en toda la región y, en medio de un operativo, todo lo que podía salir mal, resultó mal. Fue como pedirle a Garavito que cuidara a tu hijo en las tardes. Golpes, patadas y excesos, todo debidamente registrado desde varios ángulos por los celulares de los testigos del hecho.

A lo largo de la semana, en redes sociales sociales y estados de WhatsApp la ciudadanía había subido masivamente decenas de fotos y videos similares, en los que se veía a integrantes de dicha institución cometiendo todo tipo de actos reprochables, amparándose en las opacas funciones asignadas durante la gestión de la pandemia. Al margen del silencio de los diferentes colectivos y activistas de Derechos Humanos de la Heroica, la pregunta obvia gira en torno de sus procesos de selección, a la calaña de sus efectivos pero, sobre todo, a los criterios de sus superiores y orientadores, que bajo ninguna circunstancia cuestionan el ruin comportamiento de sus dirigidos.

Con el paso de los años, los cartageneros hemos aprendido a entender que solo hay tres cosas seguras en nuestra ciudad: antes de morir te van a puyar el ojo en la playa, votarás en unas elecciones atípicas y tendrás un enfrentamiento con un policía.

De igual modo, y ante el silencio cómplice de quienes deben protegernos, también aprendimos que lo único que podemos hacer es clamar al cielo para que algún blanquito de la zona norte viva en sus carnes lo que al resto le toca a diario, para que los medios de cadena se puedan interesar y entonces nos regocijemos por victorias ajenas, pero que nos representan a todos. Como cuando a la selección Colombia la eliminan, pero le seguimos haciendo fuerza a Brasil y sus éxitos.

Volviendo a los tatuajes, los amantes de este arte saben que ninguno mejora con los años; muchas veces -incluso – hay que repasarlos para que retomen su color o su definición. Lo que sí está garantizado, salvo que tomes medidas radicales, es que siempre que lo mires, sin importar en qué tiempo, al igual que Prometeo, Sísifo o la Policía Metropolitana de Cartagena, estará haciendo exacta e invariablemente lo mismo.

Para no olvidar: A Mario Silva y mi primer disfraz de Halloween: un Aquaman que hizo mejor mi infancia.

* Abogado y periodista

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