Esto opino

El Orante de Santo Domingo

Por Rafael Castillo Torres *

Cada lunes, muy temprano, de rodillas y con sus manos en alto apoyadas sobre la puerta cerrada del templo de Santo Domingo, en el Centro Histórico, la iglesia más antigua de Cartagena, encontramos un creyente en oración, en un acto de fe y confianza en Dios. 

Estar de rodillas ante las puertas cerradas de una Iglesia que hace casi seis meses no se abre y donde se tiene la certeza de la presencia de Dios, se convierte en un mensaje para aquellos que han perdido la costumbre de orar.

Tenemos hermanos que recuerdan sus oraciones de niños, pero les cuesta mucho dirigirse a Dios. Desearían volver a comunicarse con él, pero no saben por dónde empezar. Es bueno preguntarnos: ¿cómo puede orar un hombre o una mujer, sometidos al ritmo ordinario de la vida en tiempos de pandemia? ¿Qué pasos puede dar? Creo que el testimonio del Orante nos puede ayudar a recuperar, de forma sencilla, nuestros momentos de oración.  

Cada uno tiene su manera de levantarse, y lo hacemos casi que de manera autómata. Nos vamos sacudiendo del sueño mientras nos apuramos para no llegar tarde al trabajo o a las ocupaciones del día. Sin embargo, despertarnos no es algo banal… es un nuevo día que se nos regala para vivir.  

Algunos tenemos la posibilidad de detenernos unos minutos y comenzar el día de manera más consciente. Si lo hacemos enseguida, nos vendrán a la mente las preocupaciones del día anterior y los problemas del día que ya está comenzando. Justo aquí es el momento del recogimiento ante el Señor para darle gracias por el nuevo día y pedir su fuerza y su luz. Necesitamos de su compañía durante todo el día. Un padrenuestro y una avemaría son de gran ayuda.

Hay también algunas mamás que no tienen tiempo ni condiciones para empezar el día orando con calma. Los niños pequeños, las prisas, el teletrabajo, la economía informal, la angustia de sobrevivir, etc. Ellas no podrán ir como el orante y arrodillarse frente a la puerta de su parroquia. Les bastará con decir: “Dios me ama y me acompaña de cerca también hoy”. Es suficiente para reavivar la fe de esa familia.

En la noche nuestra oración es diferente. Vamos a descansar y nuestro sueño es un acto de abandono confiado en las manos de Dios. Pedimos perdón y esperamos su misericordia. El signo de la cruz y el rezo de una oración sencilla son una gran bendición.  

Sé que estos gestos sencillos, como lo hizo alguien en las redes sociales ante la foto del orante, a más de uno le puede causar risa. Pero son estos gestos y expresiones los que nos permiten vivir de modo más consciente nuestro ser de hijos de Dios y sentir su presencia como la sienten los niños que, antes de acostarse, rezan sus oraciones casi vencidos por el sueño.  

¿Qué dice el orante en su fervorosa oración? No lo sé. Pero muy seguramente su oración es el grito de su corazón, como muchos corazones que gritan en el evangelio. Un grito de palabras, sencillas y sinceras, que Dios entiende y atiende.  

* Sacerdote de la Arquidiócesis de Cartagena

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