Esto opino

Dolorosas despedidas

Enrique del Río González *

La muerte siempre ha sido un misterio para la humanidad, algunos piensan que con ella aparece inmutable el final de lo corporal e intangible; otros, que existen diferentes caminos después del deceso y su dirección depende del comportamiento terrenal. La tenemos segura y como humanos racionales somos conscientes de ese destino; aún así, en la mayoría de las culturas se asocia con indescriptible tristeza.

Como consecuencia de la pandemia enfrentamos épocas difíciles caracterizadas por innumerables decesos que han enlutado a nuestras familias. A la congoja natural se le suma una realidad inevitable y cruel: la imposibilidad de acompañar la disposición final de los cuerpos y, con ello, cumplir el duelo y los ritos ancestrales que tenemos arraigados, en los que amigos y familiares despiden honrosamente al ser querido.

Ante la defunción llega la nostalgia, una lluvia de lindos recuerdos nos invade al punto de cuestionar lo ineluctable del designio divino. El devenir de los días nos regala tarde o temprano la resignación, lo que de ninguna manera representa el olvido.

El pasado 13 de agosto levó anclas a la eternidad un ser muy especial, no solo para su familia, también para un grueso número de amigos, alumnos y colegas. Se trata del profesor Fernando Velásquez Cowan, quien nació en enero de 1936. Lo conocí por referencias de su entrañable amigo Héctor Hernández Ayazo, con quien, para este momento habrá de reanudar sus altísimas tertulias en el cielo.

El profesor Fernando era un hombre bondadoso, amoroso, disciplinado y brillante. Se ordenó y fungió como sacerdote, pero descubrió una de las mejores caras o facetas del amor Divino y por ello decidió compartir la vida con su amada Aura. A ellos tuve el privilegio de verlos, cual par de tórtolos, caminando el centro histórico agarrados de la mano. Se dice que lo único que pedía era morir primero que ella, pues no soportaría vivir un segundo en su ausencia. Y aquel deseo le fue concedido. La partida deja una paradoja entre los suyos: extrañarlo inmensamente y al tiempo el gozo por su descanso. Doña Aura ha confirmado la contundente frase de mi querida Vicenta Cohen: “El amor que nace del alma, al pie de la tumba muere”. Yo agrego: va más allá, mucho más. 

Estas letras son un homenaje para todos los fallecidos en esta pandemia; que los recuerdos sublimes, aquellos llenos de poesía y canciones del alma, hagan perdurar su estancia espiritual en nuestros corazones, siendo un motivo que nos de fuerzas para superarnos y contribuir amorosamente con los buenos designios de los que ya no están.

Nos queda mucho; un legado inagotable de anécdotas, sonrisas y conductas que habrán de mantenerse en las generaciones presentes y venideras. Nuestra misión será que jamás llegue el olvido. Este, sin duda alguna, es la verdadera muerte.  

Abogado, especialista en Derecho Penal y Ciencias Criminológicas; especialista en Derecho Probatorio. Magister en Derecho. Profesor Universitario de pregrado y postgrado. Doctrinante.

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