Esto opino

Buche de gas

Por Euclides Castro Vitola *

El sueño de cualquier padre responsable en un país de papel como Colombia es que sus hijos sean disciplinados, autosuficientes e inteligentes. Para el resto de padres, lo más importante es que no les interrumpan el sueño y muchos menos por culpa de sus bendiciones.

En un periodo tan difícil como el que estamos afrontando, muchas cosas que nos resultaban impensables hoy son parte fundamental de lo que todos llaman eufemísticamente ‘la nueva normalidad’. Es así cómo, de un momento a otro, empezamos a ver que los niños se quedan horas enteras frente al computador o el teléfono celular, pero esta vez por compromisos académicos y no para ver series y artistas que sus padres solo conocerán cuando protagonicen un escándalo sexual o mueran de sobredosis. Los artistas, no los padres. Bueno, a menos que el padre sea Maradona y la madre Epa Colombia o Wanda Nara.

Se suele decir con regularidad que el mejor método de enseñanza es el ejemplo, por eso los padres son tan insistentes en contarnos las exitosas aventuras del hijo del profe, hermano del sobrino del vecino del tío de Andrés, el mejor amigo del exjefe de su cuñada; aventuras en las que, por cumplir obedientemente los consejos de sus padres, el susodicho logró el éxito soñado con un contrato laboral a término indefinido, nada de OPS ni de arranca-y-después-arreglamos, y que además se casó con una mujer blanca que lavó la piel de sus hijos.

Por simple contraste, pero usando el ejemplo y la motivación inversa, también nos contaban las desventuras y la aciaga vida del hijo del médico que, teniendo todas las ventajas para triunfar en la vida, terminó convertido en una vergüenza para su familia y perdido en el tenebroso mundo de la marihuana.

Hay que tener presente que la mayoría de los señores mayores son uribistas, y por ello creen que la marihuana es el diablo convertido en vegetal. Se ve que nunca probaron el batido de alcachofa y coliflor en ayunas.

Pero al margen de la educación formal, de la familiar o, incluso, de la que recibimos vía computador por estos días, y de cuyos efectos seguramente nos reiremos con los resultados de las pruebas Saber de fin de año, hay una realidad que subyace en Colombia y es que, sin contactos, recomendaciones, palancas, roscas o enchufes, es poco probable que se consiga un empleo.

Por eso, cuando vemos el contenido del Decreto 1076 que permite a los bares abrir pero no autorizan la venta de alcohol, lo único que nos queda claro es que la palanca no discrimina, pero tampoco evalúa tus capacidades, y eso da como resultado situaciones risibles que, en el peor de los escenarios, justifica el porqué los padres, después de ver a sus hijos mezclar todas las plastilinas, entendieron que de ese hogar no saldría el nuevo Andy Warhol y los mandaron al Cojowa o al Colegio Karl Parrish, para que los amigos los remolcaran como Miguel Cabrera a los Tigres de Detroit.

Esta situación es tan cotidiana y propia de nuestra idiosincrasia que, cuando vemos a alguien de condiciones intelectuales o profesionales tan pobres, en un contexto de relevancia nacional, inmediatamente especulamos con otras razones más allá de la amistad, como combustible de esa rosca o palanca. Frases que sugieren todo tipo de fantasías sexuales, cuando la belleza es la que destaca, o condiciones suprahumanas en cuanto a dotación, frecuencia o ímpetu pasional, en otros casos, terminan siendo, al menos en el imaginario colectivo, la única justificación válida que explique la permanencia de esos personajes funestos en dichos cargos.

Es aquí donde encontramos al hombre que más alegrías me ha dado, después de Papa Noel y de mi urólogo, el doctor Manotas Cassiani. Hablo de Hassan Nassar, jefe de comunicaciones del Palacio de Nariño, quien en tan solo ocho meses confirmó hasta el hartazgo que lo más importante en una hoja de vida es el chulito que te abre las puertas de un nombramiento, y que el grado de estupidez que alguien puede producir solo está limitado -única y exclusivamente – por su siguiente actuación. Desde poner a Duque a llevar dulces a los niños del Chocó, hasta hacerle una chaqueta a imagen y semejanza de la que llevaba Frank Underwood en House of Cards, creyendo quizá que solo los hijos de prófugos de la justicia, como él, tenían acceso a Netflix. El celebérrimo asesor se ha convertido en un meme del mundo virtual, que ha cobrado vida en el mundo real. Es una especie de Pinocho, pero con más paja en la cabeza que la creación de Geppetto. El hecho es que, cada vez que Hassan habla, debe morir un genio para poder mantenerse el equilibrio en el universo. A los millenials que logren tener hijos deberán amenazarlos, ya no con el desempleo o el desamor, sino con hacer el ridículo al nivel de Hassan, si no siguen los consejos familiares de emprendimiento y reinvención (las nuevas religiones la la post-pandemia).

Por eso, la recomendación final es que, por más que la palanca los lleve lejos, no hay que dejar de lado que esta es solo un medio, no un fin en sí misma, porque de lo contrario será muy tarde y les pasará como al Tino Asprilla, es decir: se les saldrá el asunto de las manos.

Para no olvidar: A mi hermosa Tía Lilia, por absolutamente todo.

* Abogado y periodista

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