Esto opino

Revelación

Por Rafael Vergara Navarro *

Sin el confinamiento obligatorio impuesto por el Covid acechante, es necesario reafirmar la prevalencia del interés general, la solidaridad y como pide el alcalde darle continuidad a lo aprendido: acatar la Ley, cuidarnos, respetar, participar, compartir, producir, inventar, crecer, amar. Indignados frente a lo corrupto trabajar con optimismo y responsabilidad superando amenazas y distancias. Con la nave estabilizada y vientos fuertes, seguir enfrentando a quien pretenda hundirla.

Lejos de la politiquería que apesta y las presiones, lo que está en juego hoy es la solidez de los liderazgos, el engranaje de los equipos obligados, cuidando la salud, a priorizar la reactivación y el empleo para superar la crisis e incidir en la vida del 25% de la gente que clama soluciones.

Confieso que la incertidumbre del futuro me jaló y fortaleció con una vuelta a los orígenes, a la prehistoria, al núcleo del amor de lo que somos, la razón de una ciudad que resiste sin rendirse.

Recordé que a fines del siglo en Bogotá, Eduardo Galeano, con quien recorrimos en 1992 el apartheid y la depredación ecológica de Cartagena, en este texto que comparto me lo reveló:

“Reina y señora fue la ciudad de Cartago en las costas de África. Sus guerreros navegantes  llegaron a las puertas de Roma, la rival, la enemiga y a punto estuvieron de aplastarla  bajo las patas de sus caballos y sus elefantes.

Unos años después Roma se vengó. Cartago fue obligada a entregar todas las armas y sus naves de guerra y aceptó la humillación del vasallaje y el pago de tributos.

Todo, todo aceptó Cartago inclinando la cabeza, pero cuando Roma mandó que los cartagineses abandonaran la mar y se marcharan a vivir tierra adentro, lejos de la costa, porque la mar era la causa de su arrogancia y de su peligrosa locura, ellas se negaron a irse.

¡Eso sí que no!, ¡eso sí que nunca!

Y Roma maldijo a Cartago y la condenó al exterminio y allá marcharon las legiones. Sitiada por tierra y por agua, la ciudad condenada resistió tres años.

Ya no quedaba agujero por raspar en los graneros y habían sido devorados hasta los monos sagrados de los templos. Olvidada por sus dioses, habitada por espectros, Cartago cayó. Seis días y seis noches duró el incendió, después los legionarios romanos barrieron las cenizas humeantes y regaron la tierra con sal para que nunca más creciera allá nada ni nadie.

La ciudad de Cartagena, en las costas de España, es hija de  aquella Cartago y nieta de Cartago la ciudad de Cartagena de Indias, que mucho después nació en las costas de América.

Una noche charlando bajito, Cartagena de Indias me confió su secreto, me dijo que si alguna vez la obligaran a irse lejos de la mar también ella elegiría morir como murió su abuela”.

* Abogado, ambientalista y coordinador del Ecobloque del Distrito de Cartagena

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