Esto opino

Peligrosa libertad

Enrique del Río González *

No identifico el momento exacto en que lo bueno se volvió malo y lo malo se volvió bueno en nuestra sociedad. Y me refiero específicamente al uso reiterado y común de un lenguaje grosero, agresivo, vulgar, lacerante, injurioso y calumnioso, que resultó costumbre, especialmente en las redes virtuales, las que se convirtieron en un escenario natural para expeler odios.

La libertad de opinión resulta esencial en los Estados democráticos, eso no tiene ninguna duda, aun así, no se debe olvidar que los derechos no son absolutos y su aplicación y respeto dependen justamente de no trastocar otras garantías de igual rango constitucional, de ahí el apotegma “mis derechos terminan donde comienzan los de los demás”.       

La tendencia actual es peligrosa, una lluvia de opiniones que desbordan los límites, constituyéndose en serias lesiones al patrimonio moral ajeno. Para nada considero protervo expresarse siempre que se haga en el marco del respeto y con apego a la verdad, lo que no riñe con la libre opinión, todo lo contrario, la optimiza.

He conocido casos en los que jueces constitucionales habilitan la emisión de opiniones injuriosas, por considerar que quienes ostentan connotación de “figura pública” deben soportar todos los avatares que ello representa, por ende, tener un nivel mayor de tolerancia ante los comentarios negativos; y con base en eso no censuran expresiones así sean molestas, equivocadas, provocadoras, revolucionarias e inmorales, cuando estas no impidan grave y directamente el ejercicio de derechos ajenos.

No puedo estar de acuerdo con esa línea de pensamiento, todas las personas merecen el mismo respeto y que se garantice su dignidad humana, con independencia de la condición, pero, además, las buenas formas, la verdad y la promoción de la paz, son aspectos ineludibles cuando de expresarnos se trata. Habilitar la beligerancia en el lenguaje provoca innecesarias contiendas.    

Espero que no llegue el día en que la libertad de opinión sea reclamada incluso en los actos formales, como, por ejemplo, al interior de un proceso judicial, en el que las partes estén habilitadas para decir sin cortapisas lo que piensan y sienten, sin reparar en las molestias, respeto, moralidad y elegancia. En ese momento entenderemos que las garantías son generales y las que hoy se niegan, posteriormente serán necesitadas.

Como dijo José Saramago “La dignidad no tiene precio. Cuando alguien comienza a dar pequeñas concesiones, al final, la vida pierde su sentido” y es justo lo que no se debe consentir, que desde la judicatura se permita la vulneración de la dignidad moral, bajo la premisa de protección de una desmedida potestad de opinar, desconociendo los límites, en especial, el respeto por los demás, la clave es ponerse en los zapatos del otro y pensar ¿cómo te gustaría ser tratado? 

Abogado, especialista en Derecho Penal y Ciencias Criminológicas; especialista en Derecho Probatorio. Magister en Derecho. Profesor Universitario de pregrado y postgrado. Doctrinante.

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