Esto opino

En el nombre de Dios

Por Uriel Pérez Márquez *

Advertencia: teniendo absolutamente claro lo complejo del tema, es preciso indicar que en estas líneas no se hace apología de ningún credo, ideología, vertiente espiritual o similar, incluyendo el culto a la legalidad.

Es una obviedad señalar que el ser humano es complejo y que tiene esa tendencia natural hacia lo trascendente; se sabe parte de un todo inefable y cifra su tránsito vital en la búsqueda de esa conexión. Esta verdad, que se manifiesta al rompe, ha sido la causa y el fin de incontables conflictos, desarrollo de saberes, manifestaciones artísticas, formas de asociación humana, etc.

Es por ello que cada situación problémica individual y social es perfectamente manejable desde la óptica o cosmovisión que se adopte. Cada color ideológico tiene su catálogo de respuestas y, además, su justificación.

Sin embargo, hay una limitante recurrente a la hora de seleccionar una respuesta y es la imposibilidad de que sea universal, generalizada o absoluta. Incluso, el proceso mismo de aplicación del método científico busca ser totalizante. Es por ello que –a manera de ejemplo – se desechan tratamientos alternativos (como la saludable homeopatía) para tratar enfermedades catastróficas, muy a pesar de evidenciar los resultados positivos en pacientes, por el hecho de no ceñirse a los cánones de la medicina tradicional, forjados en el crisol de la ciencia occidental.

Para el caso de los problemas que derivan de la aplicación del Derecho y la Administración de Justicia, el positivismo dio una salida oportuna en un contexto determinado, ya que la sujeción a la Ley era prenda de garantía de no repetición del absolutismo monárquico, herido de muerte con la Revolución Francesa.

Esta solución aparente mostró su debilidad cuando, bajo el amparo de la Ley, por ser la Ley, se ejecutaron atrocidades, siendo de las más famosas las perpetradas en el régimen nazi de la segunda guerra mundial.

Cada nuevo modelo de respuesta a los problemas de la vida en sociedad ha buscado, de una u otra forma, desplazar al anterior, generando facciones y polarizaciones en los simpatizantes o adeptos de cada cuerpo conceptual.

Por eso, los pasos, que algunos podrían considerar gigantes, que ha dado el constitucionalismo moderno, se patentizan en la posibilidad de sacar la discusión de una jerarquía de saberes o convicciones, donde unos se imponen, incluso, a la fuerza, sobre otros.

La Constitución, tal como se entiende en la actualidad, es el común denominador o el punto de convergencia donde pueden militar todos los colores, las posturas y las creencias en igualdad de condiciones; hasta los que desde las redes sociales juzgan, opinan y satanizan sin ningún pudor. La Carta Política nos hace realmente iguales. No es necesario imponer la superioridad de la Constitución para entender su verdadera utilidad. Basta mirarla como un conveniente escenario ecuménico de debate.

Ahora bien, eso no implica que un ciudadano que voluntariamente asume el rol de administrador de justicia humana o terrenal, pueda obviar a discreción, el sometimiento a esas reglas de juego. Si lo que quiere es administrar bendiciones y mensajes de salvación, puede hacerlo desde la respectiva tribuna o púlpito. Precisamente… ¡eso es lo que garantiza la Constitución Política!

* Abogado – docente universitario

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