Esto opino

Pobrismo

Obras clásicas como ‘Las mil y una noches’ o ‘El Decamerón’ crearon la particular creencia de que sufrir un estado de necesidad aguzaba el ingenio. Esto se daba por la manera tan maniquea como los personajes ricos eran representados: malos, ruines y tontos, mientras que los pobres siempre encarnaban virtudes como la bondad, pureza e inteligencia.

Apostaría a que si nos limitáramos a comparar de manera muy general a nuestros congresistas con el pueblo llano, seguramente encajarían a la perfección los perfiles de unos y otros, sin importar la época en la que esto se lea. Aunque hay que tener cuidado con eso: Amparo Grisales y la reina Isabel, por ejemplo, han llevado la apuesta de supervivencia muy lejos y ya perdió el chiste.

Posteriormente, y con la llegada de diferentes sistemas económicos e ideológicos, todos enfocados al individualismo, el cristianismo católico durante dieciséis siglos, y el cristianismo evangelista coadyuvando por los siguientes seis, se encargaron de enquistar en nuestras vidas la idea inamovible e indiscutible de la pobreza, la sumisión y la pasividad, para poder cumplir con la gracia divina y agradar a Dios. Por eso no hay una sola religión en el planeta que no cuente con apoyo estatal aunque sea a nivel tributario. Hasta el satanismo ha encontrado adeptos en el más alto nivel: ahí tienen los ejemplos de Venezuela, USA y Brasil con mandatarios que convirtieron a sus respectivos países en un infierno modelo Dante 1305 o El Jardín de las delicias del Bosco, modelo 1505.

Pero la religión occidental también creó el mejor invento de la historia como es la culpa judeocristiana, que hace que la gente se sienta como un asesino serial cuando ahorca el ganso, en el caso de los hombres, o frota la lámpara, en el caso de las mujeres. Yo fui criado un poco alejado de esos dogmas y por eso me molesto cuando me preguntan en las cajas de algunos establecimientos comerciales que si quiero donar dinero a alguna fundación. La verdad es que prefiero que los niños me sigan divirtiendo en los semáforos porque se me dañó el radio y por ahora solo tengo tres de los siete millones que cuesta arreglarlo.

Por otro lado, es bien sabido que hace muchísimos años un joven de inteligencia pragmática y con ideas revolucionarias, que pretendían cambios en todos los niveles de la sociedad, fue atacado de manera inmisericorde por sus contradictores y por la clase política dominante que veían en su discurso el germen de una amenaza para sus abusivos privilegios a costa de los ciudadanos de aquella región.

El final es ampliamente conocido por todos: al joven le fue más mal que al que caga brincando. Pero más allá de las disquisiciones en torno a su naturaleza mística o divina, lo cierto es que aún en la actualidad gran parte de nuestro sistema moral está basado en sus enseñanzas de amor y paz, así como en sus profundos principios filosóficos acerca de la autoridad o la riqueza. Pero de igual modo, en los registros de sus seguidores quedó plasmado un talante férreo de lucha contra la injusticia y de decisión inquebrantable para enfrentar los excesos de quienes habían hecho pensar a todos que el orden de cosas era el más adecuado para una correcta convivencia.

Recientemente se vivió en varias ciudades del país una jornada histórica de protestas contra la Policía, a partir de un vil homicidio -como todos – a manos de varios cobardes que enfundados en el uniforme verde-oliva decidieron violar los principios fundamentales de su propio lema, que llevan en cada insignia con un contundente ‘Dios y Patria’.

No pienso extenderme en desarrollar estos conceptos; sin embargo, hablar de Dios, usarlo de eslogan, hacer oraciones cada mañana en el cambio de guardia y luego salir a matar compatriotas, es tan deleznable que no admite ningún matiz ni justificación. La violencia, sin importar el origen, solo revela incapacidad y barbarie, incivilizacion. Pero cuando proviene de quienes han jurado protegerte, se vuelve el detonante perfecto para la insatisfacción y el estallido social que remueve los cimientos de la abulia y el meimportaunculismo que nos caracteriza. La esperanza, además de que se tomen los correctivos que nuestra sociedad merece, es acabar con la retórica que dice que los homicidios de los integrantes de las Fuerzas Armadas son atribuibles solo a ellos y no se hacen extensivos a todo el estamento, pero en cambio cuando algunos individuos se infiltran en las marchas pacíficas sí es culpa de todos los marchantes y no de esos pocos delincuentes. Respecto a los desmanes y destrozos, pues, como diría el Tino Asprilla, se les salió de las manos.

Los lamentables hechos de la semana anterior me hacen evocar el grafiti clásico de la obra magna de Alan Moore, ‘Who watches the Watchmen’, basado a su vez en una sátira de Juvenal: “Quis custodiet ipsos custodes?“; ¿Quién vigila a quienes nos vigilan? La respuesta sería nosotros.

Para no olvidar: A mi primer amigo, Óscar Pinto, inmortal en nuestra memoria.

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