Esto opino

De piropero a criminal

Por Enrique del Río González *

Cursa en el Congreso un proyecto de ley que pretende convertir en delito autónomo el llamado “acoso sexual callejero”. Con ello se quiere castigar a quienes, a través de palabras, sonidos, contactos, gestos, insinuaciones, grabaciones, entre otras, perturben la integridad de las personas en espacios públicos, siempre que no exista consentimiento o reciprocidad. Todas estas acciones se entienden como forma de violencia que generan incomodidad, inseguridad y baja autoestima en la víctima.

Evidentemente las más perjudicadas con los actos cuestionados son las mujeres, aunque no se descarta que recaigan sobre cualquier género. Se dice que hay ausencia de tipificación de estas conductas ya que, regularmente, han sido tratadas como injurias por vía de hecho, acto sexual violento o acoso sexual, y ninguna de estas conductas cumple los requisitos de tipicidad estricta con respecto de los comportamientos señalados, por lo que se cree necesario el nuevo delito, tal como ha sucedido en Argentina, Chile y Perú.

Centraré mi atención en el polémico piropo. Algunos lo tienen como una actitud propia de la cultura machista, ya que mediante ellos se trata a los cuerpos de las damas como una propiedad pública, del que los hombres pueden opinar como les plazca, lo que muchas veces hace sentir incómodas a las receptoras del ‘halago’. Sin embargo, el límite de la regulación debe ser muy delicado para no incluir el galanteo natural, poético y respetuoso que, antes que producir molestia, ocasiona un agrado. El tema no es sencillo y reclama mucha precisión del legislador, para no apuntar al inconstitucional derecho penal máximo.

Desde ya advierto la existencia de una problemática. Buscar el punto en que un ‘cordial piropo’ se convierte en criminal es adentrarse en la forma subjetiva en que el receptor lo asuma, lo cual dependerá del grado de susceptibilidad e, incluso, la ideología que profese. Es decir, para una mujer puede resultar agradable que le recuerden lo hermosa que se ve, mientras que a otra le parece gravemente ofensivo.

Es posible que esta sociedad se vuelva fría, que las personas eviten interactuar justamente para escapar de un malentendido, tal como sucede en otras latitudes donde se niega hasta el saludo y no se ofrece el puesto en el bus para evitar que aquello sea visto como un disimulado coqueteo, que conlleve en el mejor de los casos a un insulto público.

Este tema evocó una anécdota: hace unos años Enrique Jaraba (q.e.p.d) miraba con atención la actitud de un amigo, quien plantado en la esquina dedicó largo tiempo a lanzar, cual galán de telenovela, diversos cortejos a las féminas que pasaban. Ya cansado de la fastidiosa actitud exclamó sabiamente: “¡mira mijo, el hombre piropero no levanta nada!” Hoy diría que levanta mucho, por lo menos, una investigación penal.

Abogado, especialista en Derecho Penal y Ciencias Criminológicas; especialista en Derecho Probatorio. Magister en Derecho. Profesor Universitario de pregrado y postgrado. Doctrinante.

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