Esto opino

¿Qué podemos hacer al respecto?

Por Laura Barros Vega *

¿Qué podemos hacer al respecto? Esta es una pregunta que me he hecho bastante en estas últimas semanas. No sé si seré la única, si seremos muchos o pocos, pero nunca le había encontrado tanta importancia a este interrogante. Es la primera vez que me siento tan consciente del entorno, no desde un punto de vista académico o analítico desde el externo, sino como una participante activa de una sociedad que necesariamente tiene que cambiar.

Cuando era pequeña todo esto lo sentía alejado de mí, recuerdo ser enseñada para no omitir la coyuntura así no me afectara directamente, porque la verdad no me tocó la violencia rural que reinaba en mi niñez. Sin embargo, me educaron para no hacerme la de la vista gorda; recuerdo la primera marcha a la que asistí en 2008 llamada ‘Un millón de voces contra las FARC’. Y, aunque era una movilización oficial, a mis 12 años se sembró en mí un mensaje impactante: “se puede alzar la voz. Se vale no estar de acuerdo. Es necesario que de alguna manera exprese lo que siento a nivel social”.

Desde ahí mi curiosidad política empezó a nacer. Cuando ingresé a la universidad recuerdo estar ubicada justo al lado de la Carrera Séptima en Bogotá, muy cerca al Capitolio, y en muchas ocasiones sentarme a ver las marchas, examinarlas como si estuviera adentro y afuera a la vez, tratar de entender que era lo que la gente que tomaba su tiempo para movilizarse veía y que nosotros, así marcháramos con ellos, no veíamos ni entendíamos.

Es más, recuerdo tanto una clase sobre Regímenes Políticos Contemporáneos con un profesor bastante despectivo, quien al sentir la llegada de una marcha liderada por un grupo de agricultores de la región Caribe que protestaron con grupo de Millo y danza de fondo, se expresó de la siguiente manera: “estos costeños ni a protestar les han enseñado”. Yo quedé petrificada, tanto por el comentario del señor como por la actitud de mis compañeros que se empezaron a reír como si eso fuera demasiado chistoso, todo con tal de no quedar mal frente a una persona que claramente no tenía el talante para enseñarle a una nueva generación de politólogos y politólogas cómo apreciar la diversidad y cultura del país en el que estamos, ni la vida de quienes no pensaban ni vivían como ellos.

En esta semana me sentaba a pensar, teniendo en cuenta la coyuntura actual, ¿qué podemos hacer al respecto? Recordaba esos sucesos que les narré una y otra vez, pero no era intencional, hasta que pude darme cuenta de que que la mayoría de las personas que yo vi marchar con ideales en mi época de universidad, siempre lo hacían con un objetivo especifico que era honrar a través del respeto a la multiculturalidad, del medio ambiente, educación, género, entre otras causas. Mientras que mi profesor prefería honrar un falso estatus, así esto implicará olvidar que para que el mundo funcione, pues la tierra, las plantas, los ríos, los animales y demás seres necesitan estar en un ambiente armonioso y respetuoso.

No nos enseñaron a honrar la vida, cuando veo personas que asesinan por una bicicleta o un celular, a quienes supuestamente se les dispara una pistola y asesinan a una mujer sin darse cuenta, y aquellos que aplican indiscrimidamente golpizas aun siendo representantes del Estado, veo muchas falencias institucionales, políticas, sociales y económicas a las que todos parecemos tener una respuesta válida para solucionar el problema.

Sin embargo, cuando intento mirar a profundidad, lo que puedo denotar es que realmente nos creímos a fondo la historia de que la vida no vale nada, y por eso vamos priorizando cualquier bien material y de poder, por encima de aprender a ver al otro como parte de una unidad de la cual yo hago parte y por tanto lo cuido y lo valoro, aun cuando sus actos puedan ser reprochables. Esto no lo exime de su responsabilidad ni consecuencias de sus acciones, pero si me permite, por momentos, ver en el otro una parte de mi que merece ser respetada; además, ayuda a mantener la objetividad cuando quien tengo en frente ha hecho un daño por el cual debe rendir cuentas.

Mientras sigo concientizándome de que no puedo cambiar la sociedad completa en un abrir y cerrar de ojos, me doy cuenta que en este momento lo que si puedo hacer es aprender a honrar la vida y así puedo habitar la empatía con aquel que quiere ir a la universidad y no puede; con quienes descubrieron el poder de la madre tierra y piden que la cuidemos; con aquellos seres que encontraron la riqueza en el agua, y con aquel hombre o mujer maltratado que no sabe cómo alzar su voz. Honrar la vida es ser capaz de buscar una forma, así sea por medio de un voto, de ponerme en el zapato del otro así crea que “no vivo” su problemática directamente, para orientar acciones que ayuden a la erradicación o prevención de la problemática a través del ejemplo en lo micro y de un granito de arena en lo macro.

Regresemos al momento donde la vida se cuidaba en uno mismo y en el otro, cuando no podemos cambiar el pasado ni cambiar de inmediato el presente. Lo que más se necesita es impactar el entorno con tanta fuerza que la onda que generemos se vaya esparciendo en la sociedad. Si tú como yo te estas preguntando por dónde empezar para cambiar las noticias diarias, empieza por el gran camino de HONRAR LA VIDA.

*Politóloga, magíster en Estudios Interdisciplinarios sobre Desarrollo, mentora espiritual y coach.

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