Esto opino

La Ofrenda del Domingo

Por Rafael Castillo Torres *

Desde sus orígenes la Eucaristía Dominical ha sido para los cristianos una celebración que hace comunidad y permite la fraternidad. En ella, quienes participamos, compartimos y repartimos lo que poseemos y lo hacemos con agrado. No son extraños los mercados, los medicamentos, la ropa, los útiles de aseo personal para los encarcelados, los pañales para los ancianos enfermos y solos, las campañas para favorecer una familia en necesidad, las ayudas para los migrantes, la orientación psicosocial o las ofrendas que entregamos para el sostenimiento del culto parroquial.  

Inspiran nuestras celebraciones los gestos de Jesús en el Evangelio a la hora de crear fraternidad, cuando los alimentos no se compran, sino que se reúnen y luego se van multiplicando bajo la acción de Jesús que los bendice y luego se van repartiendo entre los más necesitados.

Qué bueno que por estos días, cuando gradualmente se van reabriendo nuestros templos y vamos volviendo a nuestras celebraciones, recordemos aquella Iglesia Primitiva de los orígenes para quienes la eucaristía no era sólo una liturgia ritual sino un acto social en el que cada uno ponía sus bienes a disposición de los necesitados, repitiendo el gesto de aquel niño del Evangelio y la buena práctica fraterna de la primera comunidad cristiana en la que cada uno daba según su capacidad y recibía según su necesidad. 

San Justino, Padre de la Iglesia del siglo II, al referirse a cómo celebraban la eucaristía los primeros cristianos, los describe así: “cada uno entrega lo que posee para socorrer a los huérfanos y las viudas, a los que por enfermedad o por otra causa están necesitados, a los que están en las cárceles, a los forasteros de paso y, en una palabra, a cuantos están necesitados”. En los primeros siglos era inconcebible participar de la celebración eucarística sin traer algo para ayudar a los indigentes y necesitados.

Vale la pena igualmente recordar el severo reproche de San Cipriano, obispo de Cartago, y cuya fiesta celebramos recientemente, a una rica matrona: “Tus ojos no ven al necesitado y al pobre porque están oscurecidos y cubiertos de una noche espesa. Tú eres afortunada y rica. Te imaginas celebrar la cena del Señor sin tener en cuenta la ofrenda. Tú vienes a la cena del Señor sin ofrecer nada. Tú suprimes la parte de la ofrenda que es del pobre”.

Ojalá podamos comprender que la colecta que ahora hacemos en la misa, en circunstancias muy distintas, sigue teniendo su mismo destino: Ayudar a los pobres y sostener el culto litúrgico. Nuestra ofrenda dominical no es lago externo ni añadido a la celebración eucarística, que en su misma naturaleza nos exige repartir y compartir.

Tengámoslo presente en estos días, nada fáciles y, según las posibilidades de cada uno, domingo tras domingo, acerquémonos generosamente a compartir, no sólo el pan eucarístico, sino también nuestros bienes con los necesitados. Sería una contradicción pretender compartir como hermanos la mesa del Señor cerrando nuestro corazón a quienes en estos momentos viven la angustia de un futuro incierto producto de esta situación de la cual, todavía, no nos recuperamos. Pregunto: ¿Bendecirá Jesús la mesa de mi casa si yo, egoístamente, sigo guardando mis panes y mis peces?

* Sacerdote de la Arquidiócesis de Cartagena

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