Esto opino

¿Odio o necrofilia?

Por Enrique del Río González *

Hace un par de semanas los colombianos nos estremecimos al conocer la espeluznante noticia sobre la muerte de una adolescente de 14 años en el nordeste antioqueño. Se trató de un crimen perpetrado por sicarios usando armas de fuego; no existe duda de lo extraño y repudiable de estos hechos. Sin embargo, la tragedia fue aún peor: la humilde y enlutada familia se vio en calzas prietas para cubrir los gastos fúnebres y dar sepultura al ser querido, lo que finalmente lograron cumpliendo con los ceremoniales religiosos de rigor.

Cuando la tristeza, rabia e impotencia no podían ser más grandes, resultó lo inesperado. La bóveda fue profanada y el joven cuerpo fue hallado en el cementerio sin vestimentas y con signos de quemaduras, lo que supone que intentaron incinerarlo y, además, se sospecha fundadamente que fue objeto de vejámenes sexuales post mortem. Las investigaciones están en curso para identificar si el sacrilegio está relacionado con los móviles del homicidio o si se trata de un acto aislado de necrofilia.                   

Definitivamente nuestra realidad ha superado la ficción; cuando creemos haberlo visto todo, emergen circunstancias que nos causan repugnante sorpresa. ¿Por qué una niña que debe estar consagrada al estudio y a la sana diversión termina asesinada de esa manera y luego sus restos deshonrados? Son situaciones que no tienen explicación dentro de una lógica de la sensatez.

La necrofilia es una muy extraña perversión o parafilia consistente en sentir placer al sostener relaciones sexuales con los cadáveres. Dicha acción se relaciona principalmente con quienes mantienen una estrecha cercanía con los seres inertes, tales como los sepultureros, tanatopractores y médicos forenses, pues las personas comunes y con algo de ‘normalidad’ por lo regular sienten miedo a los muertos.

Son reconocidos los casos franceses de Víctor Ardisson, apodado ‘el vampiro du muy’, quien a principio de los 1900, siendo sepulturero, violó varios cuerpos y, algunas veces, los mutiló y decapitó; incluso conservó en su habitación la cabeza momificada de una joven de 13 años, a la que besaba y tenía por novia. Por su parte, Henri Blot en 1886 sostuvo relaciones sexuales con los restos mortales de varias mujeres. Al ser procesado le expresó al magistrado considerarse un lobo ávido de sangre, indicando puntualmente: “cada uno tiene sus pasiones y la mía son los cadáveres”.

La afinidad sexual por los muertos no es novedosa, aunque sí peculiar. Irrespeta a los difuntos y está relacionada con trastornos mentales dentro de la complejidad humana. Pero, sin duda, la mayor tragedia se encuentra en el despliegue común de maldad y odio que resulta de la despiadada muerte de nuestros inocentes niños, niñas y adolescentes, quienes deben ser ajenos a la violencia desenfrenada que nos embarga. 

Abogado, especialista en Derecho Penal y Ciencias Criminológicas; especialista en Derecho Probatorio. Magister en Derecho. Profesor Universitario de pregrado y postgrado. Doctrinante.

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