Esto opino

¿Quién ayuda a los ateos que madrugan?

Por Euclides Castro Vitola *

Para los nacidos y residentes en hispanoamerica es habitual escuchar refranes que, en tan solo un par de líneas, definen toda una filosofía práctica para la vida diaria o para transmitir conceptos antiguos que mostraban la cosmogonía de una época ensombrecida por la ignorancia.

‘Cría cuervos y te sacarán los ojos’; ‘al que madruga Dios lo ayuda’ o ‘nos vamos a volver como Venezuela si no votamos por los mismos que nos tienen jodidos desde hace 200 años’, son algunos de los más empleados.

Pero hay un par de máximas que, sin importar el paso del tiempo, la formación profesional o el nivel socio económico, siempre afloran en medio de conversaciones privadas y terminan revelando aspectos puntuales de la personalidad de quien las emplea, como el gesto de pitar al cambiar el semáforo o de enseñar a su pequeño hijo a pegarle a otro niño que le haya pegado.

La primera frase en cuestión es: “no me alegra, pero me entra un fresquito“, y es la que expresan aquellas personas que pretenden enmascarar el disfrute por el mal ajeno, pero aspirando a un dejo de cristiana humanidad. Es la misma lógica que lleva a muchos a ser infiel pero a ir cada fin de semana a la iglesia; con la esposa, claro está. Recuerda que quien mucho va, mucho lo necesita. Y aplica para iglesias y para moteles.

Recientemente el mundo conoció la sospechosa noticia del contagio por Covid-19 de Donald Trump. Sospechosa porque días antes había tenido lugar el debate entre él y el demócrata Joe Biden por la carrera presidencial de EEUU y las posteriores encuestas arrojaron luces acerca de las preferencias de la gente que vio el espectáculo deplorable del hombre naranja en su intento por evitar desarrollar las ideas del vetusto pero decente exvicepresidente de Obama.

Los norteamericanos definen, así, si quieren cuatro años más de crisis, exacerbación de odios e incitación al racismo y a la xenofobia, o pasar este trago amargo y continuar con la política de corte socialdemócrata que empezó con el negro de Hawai.

En caso de ser cierto, hay que decir que, en el caso de un hombre de 74 años, sedentario, con problemas de sobrepeso y contagiado con Covid-19, parecería que el cuerpo le pidiera tierra, y millones de personas en el mundo no podrán evitar sentir un fresquito por ello.

La otra colombianísima frase es: “yo se lo dejo a Dios“, que deja entrever una mezcla homogénea de frustración e impotencia, pero envuelta en un profundo deseo de justicia divina, ante la ineficiencia de la terrenal.

Esta frase, a diferencia de la anterior, suele emplearse con personas más cercanas en el día a día. Sin embargo, usarla de manera apresurada puede ser más peligrosa que cruzar un campo minado con aletas de buceo, porque el interlocutor entenderá que el sentimiento escondido en esas cinco palabras equivale a decir “no te rompo los dientes con esta pierna ortopédica, porque temo a las represalias y después no puedo correr“, o “espero que Dios se percate de que eres el único error en su creación y acabe con tu vida“, lo que generaría inevitables consecuencias.

Cuando el Gobierno Nacional presentó, en plena pandemia, un proyecto de ley que permite el infame contrato por horas, de inmediato sus alfiles inundaron los medios de comunicación para hablar de sus bondades y comparar nuestra frágil economía con la EEUU, para poder justificar tamaño despropósito. Ya ni se preocupan de mezclar peras con manzanas, ahora son patillas con uvas pasas y, de remate, te insultan por no aceptarlo.

Los sindicatos y sus trasnochadas formas de protesta, Robledo y su acostumbrada denuncia tardía, solo pudieron cruzarse de brazos y rumiar su frustración por una medida lesiva a los trabajadores colombianos, pero vendida como una alternativa válida para crear empleo. Colombia es como el sujeto que se cae de un vigésimo piso y, al pasar por el piso doce, alguien desde una ventana le pregunta: “¿cómo vas?“, y él le responde: “de momento bien“. Al presidente y a sus ministros hay que dejárselos a Dios.

Es claro que la ideología no te hace ciego: te permite ver un mundo que solo ves tú. Sé que muchos discutirán esto. Yo, particularmente, no estoy de acuerdo con la mayoría de lo que escribo, pero lo respeto y acato.

Para no olvidar: A Elizabeth, porque cambió mis perspectivas y me enseñó a dar pasos que ella pueda recorrer con orgullo.

* Abogado y periodista

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