Esto opino

Las peripecias del ‘mondao’

Por Enrique del Río González *

No existe nada más recurrente que la pobreza, sobre todo en Colombia donde a cada momento tropezamos con vivos testimonios de sus estragos y, peor aún, la solución es solo una quimera que hace parte de los deshilachados discursos políticos e indicadores porcentuales, contrarios a lo que la vida nos muestra directamente. Toda esa desdicha contrasta con la alegría que milagrosamente embarga a nuestra gente, no por conformismo, creería yo que por cultura o genética reímos ante la adversidad.

De ese grupo de titanes es grato recordar a Enrique Jaraba Ramírez, un gran filósofo de la vida que murió en septiembre de 2010, a sus 78 años. Tuve el honor de interactuar con él y conocer de primera mano sus maravillosas anécdotas, casi siempre referidas a las peripecias por las que atraviesan los desposeídos, a quienes les llamaba jocosamente “los mondaos” y dentro de los que sin duda se contaba como un digno representante.

Enrique accedió a una pensión después de los 70 años; recibir el retroactivo y sus mesadas lo precipitó a la muerte, ya que eso le facilitó algunos excesos que malograron su salud, aquella por la que se preocupó su hermano Efraín, cuando ante la caída de una ficha de dominó y este se agachara a recogerla, exclamó: ¡Enrique! ¿Cómo se te ocurre agacharte buscando un derrame? Y la respuesta en el mismo tono no esperó segundo: ¡qué derrame ni que nada! llevo 20 años con el agua cortada, todas las mañanas le meto la cabeza al contador para conectar el tubo y nada me ha pasado.

Se refería también a hechos que invitaban a la reflexión, por ejemplo, que en las familias se propendía por prolongar el nombre del pariente pudiente, pero al “mondao” lo condenaban al irremediable olvido, concluyó en aquel entonces: si yo tuviera plata hubiera un Enriquererio del carajo. Aseguraba que eran toda talla porque toda ropa regalada les quedaba bien, que para ellos no había descuento o producto barato, pues no tenían para comprar algo por buena que fuera la ganga, y que difícilmente tendrían ahijados.

Contaba que en las pocas fiestas a las que son invitados pasan inadvertidos, no se despiden y al anunciar su retiro nadie les presta atención, caso contrario sucede con el adinerado, quien ante su despedida le responden: no te vayas, tómate el último, te empaco la comida y hasta lo agarran para que no se vaya. Se dolía del desequilibrio a la hora de servir un sancocho, los primeros platos cargados de presas eran para el pudiente, mientras el “mondao” debía resignarse al caldo transparente y, si tenía suerte, un trozo de plátano verde que le hacía malabares.

Evidentemente mi amigo vivió en este mundo de formas, y contó sus cuitas de la manera más feliz posible, se gozaba con la estupidez de valorar y tratar a los demás según sus posesiones. Por esas y mil razones más, nunca lo olvidaremos.

Abogado, especialista en Derecho Penal y Ciencias Criminológicas; especialista en Derecho Probatorio. Magister en Derecho. Profesor Universitario de pregrado y postgrado. Doctrinante.

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