Esto opino

Águilas no cazan moscas

Por Enrique del Río González *

La sociedad siempre ha estado plagada de conflictos, estos son connaturales al ser humano y se encuentran constantemente en las esferas históricas de la humanidad, por eso no sorprende que aparezcan diariamente en los contextos institucionales, políticos, económicos, académicos, laborales, familiares y personales. Siendo prácticos, nos toca aceptar que los enfrentamientos son inevitables por lo que no se les debe dar más importancia de la que merecen, entre otras cosas, por ser ineludibles, pues no está en nuestras posibilidades acabarlos, de hecho, son habituales en todos los escenarios virtuales y físicos que se han convertido en verdaderos campos de batalla.

Aceptar la habitualidad de los problemas no significa renunciar a solucionarlos, por el contrario, implica mirarlos con más serenidad y menos fatalidad, es decir, ubicarlos en su justa y real dimensión, de esa manera tendremos casi que asegurado un buen resultado. Tampoco es prudente buscar reyertas y sí, es de sabios evitarlas mientras se pueda. Cuando se nos intente provocar debemos tener la suficiente valentía para esquivar los ataques, por cierto, estos últimos nunca cesarán ni siendo la mejor de las personas, en la sociedad de odios no faltará nunca un motivo para lacerar al otro.

Actualmente existen innumerables pleitistas que con interés protervo o simple prurito embisten, asedian y perturban a otros de manera sistemática mediante ofensas e injurias, a veces bajo una fachada de legalidad o el supuesto ejercicio de libertades. Los atacados suelen reaccionar desde la misma liza y con las armas propuestas por el adversario, con lo que se estimula un círculo vicioso. Recordemos con Schopenhauer que para conservar el honor no hay medio más seguro que ser digno de este, por lo que no se hace necesario responder improperios cuando estamos seguros de nuestra valía. También debemos ponderar al emisor, pues nadie en su sano juicio respondería el ultraje de un orate, y si se precisa necesaria la respuesta, esta debe estar dotada de buenas formas. Si utilizamos el mismo estilo ofensivo, el enemigo habrá conseguido convertirnos paradójicamente en eso que despreciamos.

Pero, sobre todo, no tenemos que desgastarnos y arriesgar la integridad en una contienda innecesaria o sin sentido, con la que solo se cosecharan angustias. Procuremos proteger la posición más valiosa, desde la cual podemos ser más útiles a la sociedad, como lo decía César Augusto: “El que en la guerra aventura mucho para ganar poco, se parece al hombre que pescara con anzuelo de oro, cuya pérdida no podría compensar ninguna presa”. Concentrémonos en lo realmente importante e ignoremos lo insignificante, no cualquiera tiene la estatura para convertirse en un respetable contendor. Como dice el antiguo adagio: ¡águilas no cazan moscas!

Abogado, especialista en Derecho Penal y Ciencias Criminológicas; especialista en Derecho Probatorio. Magister en Derecho. Profesor Universitario de pregrado y postgrado. Doctrinante.

.

Publicaciones relacionadas

Cerrar