Esto opino

De libros y libritos

Por Juan Conrado Ovalle *

Periódicamente ocurren en Cartagena de Indias, así como en otras ciudades y zonas del país, determinados hechos o sucesos que se ponen de moda o se convierten en tendencia, como se diría ahora por las redes sociales.

En ese orden de ideas, a partir del pasado mes de julio, siguiendo uno de los compromisos que lo llevaron al Palacio de la Aduana, el alcalde de la ciudad, William Dau Chamatt, comenzó a divulgar una serie de irregularidades y actos de corrupción presuntamente cometidas en administraciones anteriores, mediante la presentación pública, en tres entregas, de lo que denominaría el “Libro Blanco” de la Administración.

Las reacciones contra el “Libro Blanco” de Dau Chamatt no han sido pocas, y tanto el alcalde (e) anterior como otros exfuncionarios mencionados por el burgomaestre, incursos presumiblemente en actos de corrupción, han salido a responder.

Así mismo lo ha hecho una exfuncionaria de gobiernos anteriores, quien pocos días después dio a conocer a la opinión pública el denominado “El Libro de la Verdad”, mediante el cual ha tratado de neutralizar las denuncias de Dau y restarle credibilidad a las denuncias por este realizadas exponiendo posibles actos de corrupción al interior de la administración actual.

Siguiendo la línea de los “libros”, desde el Concejo distrital también se han alzado voces que señalan la necesidad de hacer “su Libro Blanco”, como si dentro de las funciones propias del cabildo no estuviera realizar objetivamente el control pertinente a la administración de turno, sobre todo cuando sobre varios miembros de la corporación edilicia aún resuena el vergonzoso episodio de los “libritos”, donde, en lenguaje cifrado, se hacía mención a las dadivas a recibir por el apoyo brindado para elegir a la contralora distrital de entonces, que luego fue destituida y varios concejales privados de la libertad.

Lástima que en todo este rifirrafe de libros y libritos no impere la objetividad y la justicia, generando las debidas acciones sancionatorias, independientemente de la orilla en la cual se encuentren los actores que hayan trasgredidos las normas penales, fiscales y disciplinarias.

Lo anterior, como consecuencia de haber perdido los organismos de control su naturaleza y razón de ser, como es proteger y defender los recursos públicos y vigilar las actuaciones de los funcionarios desde el punto de vista penal, fiscal o disciplinario, según fuere el caso. Por el contrario, lo que se observa es que estos entes, generalmente, son tomadas por quienes deben ser objeto de control, para que precisamente no exista vigilancia; o, por otro lado, son arrebatados por alianzas o coaliciones que, al decidir a quién escogen, terminan condicionando su accionar en favor de sus intereses personales y no los de la ciudad, convirtiéndose en auspiciadores de actos de corrupción o en cómplices de estos.

Moviéndonos en otra órbita de libros, bien vale la pena recomendar la lectura de ‘Lo que no borró el desierto’, de la joven comunicadora social Diana López Zuleta, quien tras quedar huérfana a la edad de 10 años siempre luchó incansablemente para que se hiciera justicia, sin desistir en ningún momento a pesar de los riesgos y las adversidades, con el fin de que se castigara a los asesinos de su padre, para entonces candidato a la Alcaldía de Barrancas (Guajira) en el año 1.977. Por ese crimen, finalmente, fue condenado el exgobernador de La Guajira Juan Francisco ‘Kiko’ Gómez Cerchar.

En su libro, Diana López citó una frase que le había expresado el también periodista Gonzalo Guillén: “El gran poder de los corruptos y los asesinos no está en las ametralladoras ni en el dinero que tienen. El gran poder es el miedo que inspiran. Se encargan que todo el mundo les tenga terror y con eso viven tranquilos” *

* ‘Lo que no borró el desierto’ (Editorial Planeta – pág. 188).

* Ingeniero Industrial, consultor empresarial

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