Esto opino

¿Tiene futuro esta ciudad?

Por Rafael Castillo Torres *

Los análisis que hacemos sobre la ciudad de Cartagena y que miran al origen de nuestras injusticias, hasta ahora, no nos han dado la última respuesta al problema estructural que tenemos ni a los males que aquejan nuestra sociedad.

No han sido pocos los estudios académicos en el ámbito de la Historia, el Derecho, la Psicología, la Sociología, las Ciencias Económicas, la Lingüística y la Literatura, las Ciencias Políticas y las Humanidades en general que hemos realizado, intentando descubrir las causas históricas de los males concretos que niegan cualquier esperanza. Estos estudios han sido absolutamente necesarios en la búsqueda de soluciones eficaces. No obstante, con todo su valor y todo su rigor, no terminan de explicar el enigma de una ciudadanía que no logra la convivencia gozosa y liberadora que anda buscando desde hace más de dos centurias.

Hay muchas preguntas que no tienen fácil respuesta. ¿Por qué en Cartagena algunos que tienen fuerza, tienden a oprimir a otros? ¿Por qué algunos de aquellos que poseen demasiados bienes les cuesta compartirlos con los necesitados? ¿Por qué quien históricamente se ha situado en una posición de privilegio y poder no ha buscado ni ha querido la igualdad fundamental de todos?

No es ingenuo reconocer que detrás de estos acontecimientos y actuaciones humanas hay una estructura de pecado que nos ha deshumanizado personal y colectivamente. Estructura no tanto como un rasgo propio de nuestra condición humana, sino como un egoísmo concreto que crece en el corazón de cada uno de nosotros y cobra cuerpo en las instituciones injustas y en los mecanismos y estructuras de opresión que, casi siempre, han encauzado los proyectos de ciudad.

A toda esta situación se le suma un ámbito nuevo que refleja el estado de las cosas como es el discurso de odio que cada vez se intensifica más y más en las redes sociales. Palabras como bots o ‘troles’, cuentas programadas para publicar ciertos mensajes y personas dedicadas difundir el odio en la red, se han normalizado en entornos digitales apareciendo y agrandando alguna situación mediática. En Cartagena no estamos exentos de esta práctica grosera sobre la cual el Papa ha denunciado en Fratelli Tutti # 44 y 45: “Al mismo tiempo que las personas preservan su aislamiento consumista y cómodo, eligen una vinculación constante y febril. Esto favorece la ebullición de formas insólitas de agresividad, de insultos, maltratos, descalificaciones, latigazos verbales hasta destrozar la figura del otro, en un desenfreno que no podría existir en el contacto cuerpo a cuerpo sin que termináramos destruyéndonos entre todos. La agresividad social encuentra en los dispositivos móviles y ordenadores un espacio de ampliación sin igual”. Y añade: “Ello ha permitido que las ideologías pierdan todo pudor. Lo que hasta hace pocos años no podía ser dicho por alguien sin el riesgo de perder el respeto de todo el mundo, hoy puede ser expresado con toda crudeza aún por algunas autoridades políticas y permanecer impune”. 

La humanización de la ciudad y de nuestras relaciones, sin duda, nos exige una serie de conquistas de orden político y económico; una distribución más equitativa de lo que se produce; una participación mayor de los ciudadanos en la gestión pública y un control más eficaz del servicio público. Pero sería una equivocación pensar que el futuro más humano de Cartagena se construirá solo con la puesta en marcha de unos determinados proyectos políticos. Hay que ser conscientes, cada uno, de nuestros propios límites y comprometernos en un verdadero esfuerzo de renovación personal. Ha crecido de manera notable, y lo hemos visto recientemente, nuestra capacidad crítica frente a las estructuras, la institución y la culpabilidad de los demás. Pero nos quedamos ciegos ante nuestra propia culpa. Tratamos de buscar al culpable y lo encontramos casi siempre en los demás.

No obstante, todos sabemos que nuestra sociedad no cambiará por el hecho de que cada uno apunte acusadoramente al vecino. El enemigo de una sociedad más justa no es solo el otro, sino yo mismo, con mi egoísmo, mi irresponsabilidad y mi despreocupación por los problemas ajenos. ¡Cuán necesario es entenderlo!

* Sacerdote de la Arquidiócesis de Cartagena

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