Esto opino

Ana del ‘Porrillo’

Por Euclides Castro Vitola *

Desde la más tierna infancia, en Cartagena era común escuchar de forma reiterativa toda clase de preguntas dirigidas a indagar acerca de los gustos del interrogado, para tratar de dilucidar a qué querría dedicarse cuando alcanzara la edad suficiente para estudiar o trabajar. Por lo general, los niños de mi generación hacían un recorrido por los lugares más comunes de la cotidianidad y de la minúscula ventana al mundo gringo que nos ofrecía la binaria televisión de la época.

Médicos, abogados, cantantes o futbolistas, eran las profesiones más repetidas por los vivaces niños que rara vez se detenían a pensar en los talentos con los que contaban y solo gritaban al viento lo que, de seguro, no era más que el deseo de los padres proyectado en sus chiquillos, pero cuyo apoyo sería fundamental para su realización personal. Los más perezosos, por su parte, estaban destinados a una exitosa vida en las fuerzas del orden con su consabido harem y su inigualable capacidad para fecundar masivamente, pero asignando responsablemente una madre diferente para cada vástago.

El afán de nuestros padres por tener hijos titulados podría estar vinculado al origen rural de nuestros ancestros, lo cual quedaba evidenciado cuando visitaban la capital y era palpable el reverencial respeto que le profesaban a los ‘doctores’ citadinos, de quienes admiraban sus elegantes camisas y, sobre todo, sus pulcras oficinas, pensadas y organizadas milimétricamente -justamente – para impresionar a sus visitantes.

Es claro, en todo caso, que cada generación parece más inútil que la anterior a la hora de realizar trabajos físicos para ganarse el sustento. La de ahora, por ejemplo, da muestras de que saltar los avisos de YouTube es el único deporte que practican. De hecho, en eso son todos, todas y todes, unos verdaderos campeones.

Con la democratización de la Internet, múltiples profesiones u ocupaciones aparecieron en las mentes febriles de quienes crecían a la par de la tecnología y sueñan con hacerse millonarios a partir de videos cutres que generen millones de likes y de billetes. Ingenieros, programadores y técnicos en la primera oleada, presentadores, twiteros, youtubers, tiktokers e influencers/vendedores de humo, en la segunda.

Fue entonces cuando los directores de medios nacionales empezaron a sumarse a la moda de tender puentes entre lo clásico y los nuevos creadores de contenidos de las redes sociales, con la ingenua intención de atraer público joven a sus anacrónicos formatos. No contaban con que, hasta ahora, la mayoría de los más reconocidos ‘influencers‘ no sean precisamente un ejemplo de intelectualidad, y hayan demostrado hasta aquí que son incapaces de tener claridad acerca de temas tan básicos para la vida cotidiana, como saber si los libros sobre masturbación están en la sección de autoayuda o de manualidades.

La tecnosfera creó -de esta manera – una clara separación entre el mundo real y el virtual. Por ejemplo: a innumerables personas que son incapaces, en su vida diaria, de expresar siquiera sus más elementales pensamientos, expresan en las redes sociales sus opiniones (sustentadas argumentalmente o no) sobre temas que van desde la idoneidad de los candidatos a la presidencia de los EEUU hasta cómo llenar de confeti los cascos de los mototaxistas con el fin de quitarle dramatismo a los accidentes.

Dentro de los desechos de esta nueva clase social encontramos a quienes, mediante algún talento como exhibir sus cuerpos o manifestar algún tipo de postura política, terminan despertando el interés borreguil de cientos de miles de personas que deciden seguir día a día los detalles insignificantes de aquel a quien veneran y a quien perciben cercano por los momentos compartidos. Esto genera una extraña simbiosis entre un petardo afortunado con alto ego pero baja autoestima, y sus fieles seguidores, produciendo estados mentales de correlativa dependencia y la falsa idea de aceptación; o incluso, de sumisión de los segundos, ante la figura mesiánica del primero.

El caso más patético y ridículo tiene como protagonista a Ana del Castillo, una mujer que solo genera tráfico, palabra al parecer muy ligada a ella por los sonoros escándalos en los que frecuentemente se ve envuelta. Siempre que la veo recuerdo las palabras de mi madre alertándome del efecto dañino de las drogas en las neuronas y la consiguiente condena de vivir actuando como un imbécil por el resto de mis días.

Porque hay que decirlo con todas las letras: tarados que repitan la frase “usted no sabe quién soy yo” infortunadamente hay millones en el mundo; pero además digan a viva voz: “con los seguidores que tengo te cierran la clínica”, solo hay una persona de la que se tenga registro.

No seré yo quien defina las función social de los ‘influencers‘ pero, sin duda, observar el comportamiento irregular, vergonzoso, de quien se jacta de tener a su disposición a miles de seguidores dispuestos a cerrar clínicas, a dejar sin empleo a vigilantes o lo que haga falta, sin ser capaz de entender las normas elementales de la convivencia, solo me hace pensar en que -quizás – los padres de los niños y adolescentes actuales deban retomar el papel que le cedieron a la tableta, al smartphone y al PC.

Cobran vigencia, así, las palabras de Joseph Grand en ‘La Peste’ de Albert Camus: no se trata de ponerse en el lugar del otro, es entender que el otro somos cada uno de nosotros. Pero algo me dice que la única peste que conoce Ana del Castillo es la de su propio aliento.

Para no olvidar: A la seño Martha y a la seño Patricia, luchando por salvar niños de la miseria mental.

* Abogado y periodista

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