Esto opino

El valor de la visión colectiva

Por Laura Barros Vega *

Debo aceptar que cuando inicié mis estudios de Ciencia Política tenía una noción idealista sobre cómo se podrían generar cambios sociales creando colectividades que lograran representar a las minorías, para así darles voz en un país con memoria selectiva. Sin embargo, a medida que fui conociendo a fondo los diferentes matices sociales colombianos, me di cuenta que ni siquiera sabía muy bien la cantidad de “minorías invisibles” que nos componen y la manera como, incluso en nuestro deseo de inclusión, apoyamos más fuertemente la exclusión a través de la división individualista. 

Lo sucedido con la Minga Indígena es una representación clara de la capacidad que tenemos para desconocer nuestro territorio y su diversidad, pero sobre todo lo fácil que podemos legitimar la desatención de un Estado selectivo que nosotros seguimos perpetuando por omisión, inacción o división. No obstante, vivir en Colombia es como estar dentro de una caja de pandora donde tú crees que no puede pasar algo que te sorprenda más y de repente aparece un nuevo suceso que supera el anterior. Pero con dificultad en ciertas situaciones, he decidido tomar una actitud que me permita ver estos hechos como el camino que debe llevarnos a hacer consciencia de la necesidad de empezar a ver, analizar, votar, hablar, actuar e interactuar con el entorno de una forma empática, firme y con conocimiento profundo de la ciudadanía, el territorio y los recursos que parecen amenazados por muchos frentes.

Es más, ya no apelo a la objetividad porque en un sistema con miopía selectiva y que no se ha dado la oportunidad de salir del cuadro social de sobrevivencia del más fuerte, apelar a ella parece un ideal más etérico que el que yo tenía cuando empecé mi carrera profesional. 

No obstante, hay un idealismo al que espero que todos regresemos y se vuelva una forma de acción consciente, especialmente, en aquellos que toman las vocerías electorales y esperan representarnos en periodos legislativos a quienes no comulgamos ni con el tradicionalismo ni con la línea política que mayormente nos ha “gobernado”. Muchos modelos de desarrollo ancestrales se basan en una visión colectiva del mundo, donde el gobernante era preparado para que este sentir superara incluso una parte de sus necesidades personales y de esa manera aprendiera a preservar la vida humana, natural y planetaria por encima de todo, esto les permitía darse cuenta que había decisiones que se tenían que tomar en pro del bienestar colectivo y no de sus objetivos políticos o de poder. Sin embargo, con el auge del colonialismo, capitalismo y las teorías de sobrevivencia del más apto dentro del sistema, parece que hubiéramos tomado una gran cantidad de cemento y lo usamos para tapar estas formas de ver la vida de tal manera que pudiéramos vivir como si nunca hubieran existido, o categorizarlas como parte de “modelos” atrasados que no nos permitirán “disfrutar” lo que la vida tiene para nosotros. 

Y aunque muchos de los preceptos ancestrales no son ideales ni aplicables a las condiciones socioculturales actuales, recordarlos y aplicar algunos de ellos nos podría ayudar a examinar la manera cómo estamos proponiendo los cambios que tanto anhelamos. Por ejemplo, dejaríamos de politizar las mingas para hacer un frente de colaboración entre partidos que busquen el reconocimiento digno de los grupos indígenas; empezáramos a bajar los ataques entre los líderes que pueden crear una coalición de votantes fuertes para cambiar el rumbo del país; dejáramos de dividirnos por la forma y empezáramos a unirnos por el fondo político que realmente necesitamos reorientar para el desarrollo social de Colombia. Pero sobre todo, empezaríamos a exigir a todos aquellos que sienten que pueden hacer el cambio, que se unan para crear un movimiento lo suficientemente fuerte para representarnos y para dar la esperanza de que el cambio es posible, más allá de los egos electorales y el protagonismo, porque sino seguiremos en la caja de pandora perpetuando un modelo por división, que aunque pueda que hoy no te afecte directamente será una bomba de tiempo que no le falta mucho por explotar. 

Cuando políticamente estamos poniendo nuestros egos y las ansias de reconocimiento por encima de la necesidad que tenemos de cambiar y empezar a dignificar este país, entonces no entendimos nada de cómo se crean los cambios ni de cómo vivir en comunidad y eso es responsabilidad no solo del que da entrevistas diciendo que jamás se unirá con otro político en unas elecciones, así los dos esencialmente busquen lo mismo, es aún más responsabilidad de quienes seguimos justificando esas divisiones con argumentos que a la final no nos van a llevar a ningún lugar. 

Tal vez no podamos crear un único colectivo donde todas las minorías invisibilizadas se sientan acogidas, pero podríamos empezar a considerar, teniendo en cuenta lo que se viene, recuperar el concepto de comunidad y colectivo para utilizarlos a nuestro favor el día que nos corresponda elegir no solo para nosotros, sino para un país, gobernantes y representantes que puedan gestionar fuera de las pantallas de televisión y decretos. De pronto no será la figura que soñamos en un inicio, pero el cambio debe iniciar por algo que aunque no nos represente totalmente en la individualidad, pueda empezar a abrir el camino del deseo colectivo de quienes no han sido escuchado o representados. Es a lo que debemos apuntarle.

*Politóloga, magíster en Estudios Interdisciplinarios sobre Desarrollo, mentora espiritual y coach.

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