Reseñas

‘La mano de Dios’ de Jimmy Burns

Por: Rudy Negrete*

En días recientes, el mundo sufrió una conmoción terrible: la muerte de Diego Armando Maradona Franco, el pasado miércoles a sus 60 años, a causa de una insuficiencia cardiaca congestiva crónica que generó un edema agudo de pulmón. La noticia copó todos los informativos, en todos los países, y desplazó todos los focos. Esto evidencia que la figura de Maradona trascendió la esfera deportiva y se convirtió en un personaje universal.

El Pelusa, como se le conoció, durante la noche anterior al deceso no mostró ningún signo de gravedad. Por ello, su muerte produjo sorpresa y estupor. Y generó tanto dolor que, desde el mismo día, pasó de la historia gloriosa al mito. En el genio humano y trágico del futbol. 

Y las imágenes nos repetían su vida, desde cuando salió de las pobres y decadentes que chabolas de Villa Fiorito. Allí, se le vio –a sus apenas nueve años- en el equipo infantil de Cebollitas, dominando el balón con una maestría precoz que ya asombraba. Con un desparpajo que sólo se les tolera a los grandes artistas.

De ese universo barrial saltó a la fama con el Argentina Juniors. Y empezó una asombrosa trayectoria que alcanzó su primera gloria cuando, en 1979, ganó con la Selección Argentina el campeonato mundial juvenil. Un año antes, César Menotti no lo incluyó en la lista del Mundial de 1978 ante el rechazo de un país que estaba obnubilado por la imagen gigantesca de Diego.

Así lo retrata el periodista Jimmy Burns en su libro “Maradona, la mano de dios”, un magnífico relato que detalla la vida del ídolo argentino, desde la perspectiva de sus logros y sus frustraciones. La obra, que se define como una biografía no autorizada, puede llegar a ser el espectro más amplio sobre la carrera –que penduló entre la gloria y el infierno- del deportista nacido el 30 de octubre de 1961 en Lanús.

La de Burns es una historia inspiradora que desciende hasta los abismos de un Diego aún desconocido para muchos. Y que, si bien jugaba como un poseído con un talento sideral, no pudo escapar a la adversidad de una vida que lo golpeó con dureza. Sin embargo, con su reacción instintiva y su incansable tenacidad, heredadas de las deidades más generosas, cumplió su anhelado sueño de la infancia: ganar una copa del mundo.

Lo hizo en 1986, como siempre quiso: como líder de la albiceleste, con la cintilla de capitán, volando por los estadios de México, y dejando a Inglaterra –el mismo país que pisoteó la dignidad y los intereses argentinos en las islas Malvinas- con su espíritu arrodillado a sus pies. Fue un 22 de junio en el Estadio Azteca y ese día marcó los dos goles más inolvidables de la historia: aquel en donde regó en la cancha a la mitad del equipo inglés, y aquel que marcó con la famosa mano de Dios.

Maradona, el eterno crack de los ojos oscuros y el cabello revuelto; el hombre que, al correr, parecía haber escapado de un desierto. El gran regateador de la pelota, el futbolista que logró el estatus divino de ser el auténtico capitán que no tenía rival. Maradona fue energía en bruto y talento desencadenado. Hoy descansa en paz el niño prodigo de Villa Fiorito que, con los años, le mostró a la opinión publica un talento indiscutible que lo convirtió en un mago del balón.

Diego pasa hoy a la historia como una pasión reveladora para las futuras generaciones. Por eso, leer “La mano de Dios” es descubrir a la leyenda, al deportista que se aferró para siempre a una pelota como un niño miedoso que necesita de su manta favorita hasta que acaba hecha jirones. Este libro explora la historia de una rebeldía; el nacimiento y la formación de uno de los mejores jugadores de la historia; el proceso de formación de un astro; las dificultades en su núcleo familiar con sus padres, Chitoro y Tota; el impulso del peronismo al deporte; la disputa por Las Malvinas; las alegrías y las frustraciones de los mundiales; sus amores con Claudia Villafañe; las luchas personales por superar su adicción a las drogas; sus inclinaciones políticas, entre muchos otros tópicos.  

Maradona, quien desde el Barrio San Andrés no mostró la noche anterior de su fallecimiento el menor signo de complejidades en su salud, hoy trasciende como un titán del deporte. Como una persona que no escondió nunca los demonios que marcaron sus excesos y que jamás se preocupó por agradar al público mediante el monstruo de la fama. Él, simplemente, se dedicó a exhibir en la cancha el brillo inigualable que sus pies le imprimían a la pelota.

El pasado miércoles, mientras su cuerpo fue trasladado a una funeraria del barrio porteño de La Paternal, muchos ciudadanos se detuvieron en las calles para despedir al ídolo con aplausos. Toda la gente de Buenos Aires decidió olvidarse del Covid-19 para poder ver por unos segundos al deportista descansando en un cajón fúnebre. Y ahí estaba Diego Armando Maradona, el hombre sin igual que, a pesar de sus excesos personales y de la disipación de su existencia, hizo de su vida toda una hazaña, al convertir sus sueños en realidad. Sí, aquel humilde muchacho que desde sus días de Villa Fiorito se le escuchaba decir con voz enérgica: “Prefiero la gloria que el dinero”.

*Periodista cartagenero

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