Una cartagenera en Alemania

El día que odié a Alemania

Por: Lina Roca

Las veces que he vivido en otros lugares diferentes a Cartagena trato de ser siempre muy abierta. Me dejo llevar por lo nuevo que me ofrece el lugar y pruebo todas las nuevas experiencias que este tiene para mí. Mi fascinación por lo desconocido me da muchas ventajas a la hora de adaptarme a los nuevos espacios, cultura, sociedad, y por supuesto, gastronomía. Tanto así, que llego a enamorarme de algunas cosas que para algunos costeños es casi que imposible, como por ejemplo, la arepa paisa y la changua. 

Alemania no es la excepción. Hace 3 años llegué a la tierra de la cerveza y las salchichas. Razón poderosa para probar todo lo que estuviera a mi alcance. Llegué como estudiante de maestría y bueno, no hay mejor vida que la de un estudiante en el extranjero con compañeros internacionales. Se pasa muy bueno. Así que yo la pasaba de lo lindo probando una que otra cerveza, Apfelwine (una sidra de manzana no dulce), Glühwein (vino dulce caliente con especias que se toma en la época navideña), vinos, etc. Las opciones son infinitas y muy asequibles para el bolsillo del estudiante. 

Todo iba bien hasta que mi estómago me recordó que yo ya había pasado los 30 pisos y que no estaba para esos trotes. Bien, decidí dejar la cerveza y hasta el día de hoy todas las bebidas alcohólicas. La comida fue mi refugio. Sin embargo, tuve que hacer muchos ajustes, entre esos la pimienta, mi criptonita. No suelo usarla en mis comidas, pero mi esposo, su familia y todos los alemanes (incluyendo restaurantes) aman este condimento. No es de extrañar por qué Cristóbal Colón fue en busca de pimienta a la India, pero ya sabemos cómo terminó ese viaje. Con todo esto, el cuerpo me siguió pasando factura y hace poco me reventé con una gastritis crónica. 

Durante ese horrible episodio con la gastritis crónica, que me duró casi un mes, habían días que podía comer algo más que una sopa y otros en los que ni me hallaba. El dolor era intenso y parecía no querer irse. Justo en esos días no tenía ánimos de cocinar y mi esposo, ocupado trabajando, menos. Son en esos momentos cuando más se extraña a la familia. Los cuidados médicos de mi papá y la sopita de huevo de mi mamá pasaban por mi mente una y otra vez. No había más de otra que pedir un domicilio, pero yo vivo en un pueblito a 40 kilómetros (es decir, a 30 minutos) de Frankfurt y los servicios que acá abundan son italianos y turcos, no más. Es como el arroz chino y el pollo asado en Cartagena. No obstante, encontramos otro restaurante que tenía sopa de pollo. Se me iluminaron los ojos. Para mí, esa era un gran descubrimiento porque los alemanes no toman casi sopas y las que tienen son cremas. Hicimos el pedido y esperamos. Lo que llegó: una crema con pollo desmechado picantísima. Me lloraron los ojos al destaparla. La rabia se apoderó de mi cuerpo debilucho y enfurecida e impotente he gritado: ¿es que no hay un plato de sopa decente en este país?

Pd: Al final me preparé un caldito de huevo y papa. 

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