Una cartagenera en Alemania

A las mujeres alemanas

Por: Lina Roca

No quería que se acabara este mes de marzo sin antes manifestar mi admiración hacia la mujer alemana. Como mujer colombiana, y ahora residente del territorio germano, las diferencias culturales saltan a la vista, pero una de las cosas que ha llamado mucho mi atención es el carácter y el recorrido emancipador de la mujer en Alemania. 

No quiero sonar muy romántica y quizás hasta exagerada, pero en mis adentros siento que le debo mucho a la mujer alemana y es por esto que les dedico esta columna. 

Cuando llegas a este país, muchas historias se cuentan sobre la guerra y sobre el Nacional Socialismo. No obstante, hay una que siempre resuena en los bares y hasta en los pequeños pueblitos, y es sobre cómo la mujer alemana fue la que levantó este país en ruinas después de la segunda guerra mundial. Como no habían hombres (muchos muertos, heridos, y psicológicamente impedidos), las mujeres eran las “detodito”. Incluso, durante la guerra, iban a trabajar y volvían a hacerse cargo del hogar, cuidaban a los niños, trataban de sobrevivir, pasaban en refugios y tomaban muchas decisiones. Sí, muchas. Porque claro, no habían hombres. Ellos estaban ocupados haciendo la guerra. 

Después de la guerra, comenzó lo bueno, lo que yo llamo, la otra guerra. Aquí comenzaron a luchar, ya no querían ser relegadas a la cocina y al hogar, y se unieron en asociaciones con las cuales lograron cambios políticos contundentes, como la proclamación de la igualdad de derechos en la constitución de la recién fundada República Federal de Alemania. Los años 60, 70 y especialmente los 80 fueron importantes para la lucha, sobretodo porque eran tiempos de rebeldía. Esto se puede palpar un poco en la cultura. Les doy algunos ejemplos. La mujer alemana es la que escoge al hombre. Ellas son las que conquistan y deciden casi todo sobre el cortejo, los hombres por su parte son más tímidos. Ellas mismas, que fueron las que estuvieron construyendo el país, también fueron las que lo re-educaron siendo profesoras y maestras de colegios y universidades, lo que les dio poder para formar a los hombres (en ese entonces, niños) deconstruyendo pensamientos machistas y patriarcales, no con cositas de que “a la mujer no se le pega ni con el pétalo de una rosa”. Les enseñaron cosas que para nosotros los costeños y colombianos, y hasta latinoamericanos, me atrevo a decir, son una lucha diaria, desgastadora y hasta casi impensable. Cosas de gran envergadura como respetar el diálogo, la palabra, el ser intelectual, emocional y mental. Y otras muy simples como orinar sentados. Así es, ¡todos los hombres alemanes orinan sentados! y ¿saben qué? ¡No dejaron de ser hombres por ello! Tampoco hay que recordarles que deben “ayudar en la casa”, no. Asean, cocinan, lavan y hacen su parte con la educación de los niños, repito, sin cantarles la tabla o echar cantaleta. ¡Wow Lina, pero eso suena como el hombre perfecto! No, no lo son. Si te estás asombrando de esto, es solo un signo del trabajo que tenemos por delante en nuestra sociedad, en nuestras casas y en nosotros mismos. A ellas gracias por lo que me han enseñado y han hecho en este país. Que todos los días de nuestras vidas sean un 8 de marzo.  

Ps. Gracias a mi suegra por abrir su corazón y contarme parte de su historia y la de la mujer alemana que está contenida en esta columna. 

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